The sintrom coming.

vejentud

Hace unas semanas fui a un concierto, lo pasé fenomenal -aunque no cantaran una de mis canciones favoritas y me sintiera un poco estafada- llegué temprano, me bebí un cóctel antes de que el grupo saliera al escenario, grité a pulmón herido cuando eran canciones de desamor, aplaudí hasta enrojecer mis manos, saltar…saltar no salté que me duele el tobillo, pero en general sentí que “lo dí todo”.

La apertura de puertas era a las a las 21 y ahí estaba yo a las 20:30 -que no sé si recuerdas pero éstos 1.50 cms, tienen que llegar siempre pronto porque es bien sabido que detrás de todo gran hombre estoy yo, tratando de ver el concierto- no sé si será el plus de experiencia conciertil pero en cuanto vi que había segunda planta y cámaras de televisión decidí instantáneamente que me pondría justo allí, por dos motivos: por un lado si había segunda planta vería perfectamente puesto que la “juventud” estarían todos a pie de escenario y por otro, porque la experiencia me ha enseñado que a los medios sólo les dejan grabar dos o tres canciones máximo, así que en cuanto se fueran tendría el camino libre para ponerme en primera fila, aún así lo comenté con el cámara y marqué mi territorio con un abrigo en la barandilla, el cámara en cuestión me saltó la perlita de la que deriva ésta diatriba: ¿te gusta éste grupo, no es muy ruidoso para alguien de tu edad?, ¿PEEERDONA, PERO CUÁNTOS APARENTO? estuve a punto de gritarle mientras le enseñaba el documento de identidad y le decía: venga llama, llama al trabajo a ver cuántas veces al día me preguntan que si estoy de prácticas, llama hombre ¡LLAMA DE UNA VEZ! se ve que no lo hice porque el chico me sonrió diciéndome por lo bajito que también le gustaba el grupo, que los había visto ensayar, no lo tiré ahí mismo por la barandilla porque seguro que me tocaba también a mi hacerle la RCP.

Aún así y aunque te lo reconozca a ti y se lo hubiese negado fehacientemente al cámara, un poco de razón no le falta, no en lo del grupo que a cada quien le gusta lo que le gusta, más bien en lo de la experiencia, la madurez y efectivamente, en lo que en teoría desentonaba en el conjunto de personas del concierto, uf si la media de edad serían los 24.

¡Ay! la vejentud.

De la vejentud hablo constantemente, ya te irás dando cuenta, hablo de ella porque me siento abanderada, creo que soy jóven, aunque muchos insistan en considerarme mayor. Para hacértelo corto te diré que estoy más cerca de los cuarentas que de los treintas y mira por donde: yo encantada. No te voy a mentir, hay ocasiones en las que me descoloco y me pregunto que qué estoy haciendo con mi vida, pero en general soy inmensamente feliz, tengo mis momentos como todo el mundo, pero siento que soy bastante más feliz que la mayoría de mis amigos de la infancia. Hace unos años me sacudí las expectativas y ahora respiro sin la carga que la mayoría de nosotros suele autoimponerse; no estoy casada, no tengo hijos, no tengo ni planeo comprar una casa o un coche, no compro cosas que no necesito, he estudiado toda mi vida y podría cobrar más trabajando en otra cosa pero mi trabajo me gusta así que no planeo dejarlo, trabajo para vivir porque hace años que dejé de vivir para trabajar, llevo una vida sencilla, no tengo cientos de bolsos o zapatos, pero me he visto miles de películas, obras de teatro y he ido a cientos de conciertos, a mi me compensa.

La última soltera.

Aún así hay días que me descoloco, para no ir más lejos la semana pasada, en un grupo de whatsapp de compañeras de la Facultad una soltó el bombazo de que se casaba por fin con su novio de ya no sé cuántos años ¿puedes imaginarte que en lugar de felicitar a Paola, que después de todo era la que se casaba, empezaron a recordarme que yo era la última soltera? Oígase bien: LA ÚLTIMA SOLTERA ¿cómo te suena? la última soltera, yo, yo solita, nadie más, yo soy la última soltera, conmigo se acaba todo, al parecer si la raza humana se extingue es por mi culpa, la de nadie más; yo venga a hablar de la boda de mi amiga y ellas venga a hablar de mi soltería y mi ausencia de churumbeles; eventualmente pasamos a otro tema pero el asunto duró lo suyo.

Cosas de la vejentud.

Hago cosas de vieja no te lo voy a negar, me levanto cada día más pronto para no ir con prisas por la vida y tener tiempo de desayunar antes de salir de casa, dejo preparada la ropa del día siguiente, desconozco un montón de palabros que al parecer son de uso super común, mi James Bond era Timothy Dalton, sé quien es Remington Steele, conocí a Neil Patrick Harris siendo “legendario”… pero de médico, caí en el engaño de Milli Vanilli, usé pantalón campana -aunque éso ahora es de modernos- tuve una infancia sin ordenador, teléfono móvil, más de tres canales de televisión, tuve varios microinfartos mientras esperaba que el locutor en la radio no hablara mientras sonaba mi canción porque tenía listo el cassette para grabarlo, sé usar un teléfono con dial de rueda, mi Michael Jackson era negro, tuve un Atari 2600, la lista es interminable.

No soporto las versiones –exceptuando ésta -casi ninguna me gusta, no entiendo por qué las hacen, si son para homenajear al cantante original ¿por qué le destrozan la canción?, recientemente tengo una relación de amor-odio con ésta, me la recomendaron y allí que fui a escucharla, al primer acorde sabes que no, luego le vas cogiendo cariño y hasta la canturreas en la ducha mientras haces tu concierto mañanero con el gel de ducha como único espectador, se te mete en el recorrido hacia el trabajo, pero en el fondo sabes que no, que no está bien y te oyes decir “es que hay que respetar lo original” por supuesto, todo esto lo tienes que decir mientras te pones una rebequita porque refresca y así no puedes ir al centro de salud para que te receten el sintrom.

Puede que en ocasiones se me alborote tontamente la vejentud, pero es porque la juventud se me está haciendo larga y la vejez no quiere siquiera asomar la cabeza, así que mi conclusión es: que vivas tu vida como quieras y que pases de convencionalismos, que sonrías a diario y cantes en la ducha, y por supuesto que de vez en cuando te tomes tu tiempo para vivir despacio, para charlar con amigos, sin prisas, sin obligaciones, como si fueras un jubilado, un jubilado de la obligación de vivir rápido y de ser el que más cosas acumule.

Lugares que el amor me robó.

Fotograma Being EricaFotograma Being Erica

“Y de hecho habrá tiempo, para la niebla amarilla que vaga por las calles rascándose el lomo contra las ventanas, habrá tiempo, habrá tiempo de que un rostro se prepare para enfrentar todos los rostros que enfrentamos. Habrá tiempo para matar, para crear, y tiempo para todas las obras y todos los días de estas manos, que levantan y te sueltan preguntas en tu plato. Tiempo para ti y tiempo para mi, y tiempo suficiente para cien indecisiones y  para cien visiones y revisiones, antes de la hora de una tostada con te”. 

Canción de amor – J. Alfred Prufrock (extracto)

 

Habrá tiempo para todo, pero yo sigo sin encontrar el tiempo para recobrar todo aquello que el amor me robo, tengo vacíos mentales, vacíos físicos, vacíos emocionales, hay barrios, bares, parques, libros, películas, canciones, ciudades, personas, cientos de cosas que el amor me robó y que me veo incapaz de reclamar, cientos de cosas que tengo tan asociadas a “el amor” que me duelen recordar aunque sean recuerdos felices, quizás más porque son recuerdos felices, así que voy por mi vida dando rodeos: físicos y mentales, hay supermercados por los que ya no paso, calles que ya no recorro, canciones que ya no canto, no las revivo porque eran suyas, eran del amor, no de una persona o de un tiempo en especial: eran del amor, del amor que me profesaron, del que yo grité al viento mientras sujetaba una mano que a su vez me sujetaba.

Hay sitios que siempre he querido recorrer, que no tienen la impronta de nadie a quien llamé “amor” pero que aún así no recorro, hay sobre todo bares, bares en los que nunca he saciado mi sed, bares que puede hasta sean pésimos y solo pongan cerveza con kikos, que pongan música de pachanga y en los que los servicios dejen bastante que desear, nunca lo sabré porque me da miedo ir. Soy tonta lo sé, me miro al espejo y me reconozco tonta, pero sigo sin sacar fuerzas para reconocerme de otra forma.

Habrá tiempo dice Prufrock, y en honor a ese tiempo que vendrá he intentado arañarle a la vida los retazos que me robó, he ido a bares, he visto películas, hasta me he atrevido con alguna canción. Todo ha salido mal, he sentido el viento golpeándome en la cara en forma de calles, me he retorcido con un dolor que me había negado a sentir, así que he hecho lo fácil y dando marcha atrás he ido cerrando vasos y creando pequeñas isquemias con la vaga ilusión de que cicatricen y dejen de doler, el problema es que todo lo que cura en falso al final se reabre y arrastra consigo tejido sano, así que aquí estoy con mi piel nueva, incolora y frágil, piel sin curtir; tengo miedo, un miedo horrible me recorre, me detiene y me grita que “no pasa nada si no pasa nada“, sé que lleva mucho tiempo no pasándome nada.

Hay algo que hago todos los días sin excepción cuando me subo al autobús camino de casa, no había sido tan consciente de ello hasta hace poco, me subo, paso el abono y acto seguido miro atrás, no busco a nadie, o quizás si, pero el caso es que miro atrás a la fila de gente que espera subirse en ése mismo autobús, los miro esperar mientras yo espero en mi asiento, no sé qué será la soledad pero para mi es subirme al autobús mientras miro la fila de gente en la parada, no porque me de miedo a que el autobús se vaya sin mi, después de todo yo ya estoy subida, es por un temor horrible a ver que la que se va soy yo, que me voy incompleta, sin mis barrios, bares, parques, libros, películas, canciones,ciudades y personas, me voy sólo yo.

Viajar sola no es malo, lo malo es huir de tu vida con la excusa de que viajas, como necesito curtir mi piel llevo unos meses recorriendo los sitios que no tienen impronta para así con un poco de suerte ir dejando en ellos la mía, voy dando pasos de bebé, me caigo y me levanto, no hay manos que me sujeten ni besos en las rodillas, pero me levanto una y otra vez porque me niego a que el miedo me gobierne, me niego a ser un espectador en mi propia vida, me niego a no reconocerme,  a vivir con un “y si…”

*Si este post fuera una canción, sin duda sería ésta.

Placeres culposos

placer culposo

“No se trata de un placer culpable por mi parte, simplemente debido a que no creo en los placeres culpables. El esnobismo es justamente la cara pública de la inseguridad. A uno le gusta lo que le gusta, y no debería sentirse culpable en relación con sus intereses o pasatiempos”.

James Kakalios – La Física de los superhéroes. 

No pude evitar pensar en mis propios placeres culposos al encontrarme con la frase de Kakalios cuando leía su maravilloso libro, yo, que en cientos de oportunidades he despreciado las artes de los números, yo que volvería a pasar por neuroanatomía y por las horribles prácticas de las morfosiologías (todas ellas)  si con éso lograra retroceder en el tiempo para no tener que ver nunca las asignaturas de números (biofísica, estadística, análisis de datos, psicometría) a mí que me costó lo mío aprobarlas, ahora me descubro leyendo acerca de física así sin razón alguna, por el placer de saber; si al final va a ser cierto que con los años maduramos y que tarde o temprano aprendemos lo que nos negamos a aprender en su momento.

Los placeres culposos son parte de nosotros mismos, de un inconsciente colectivo que se nombra a media voz, que sobrevive en las sombras y nos regala las sonrisas más honestas, los bailes más ridículos y nos recarga de energía cuando estamos un poco decaídos. Mis placeres culposos, como los de casi todos, son realmente tonterías que no sé por qué no se hacen públicas, me imagino que por el temor ridículo que nos infundieron en la adolescencia de no encajar si llegamos a confesarlos y que en la adultez nos parecen tan inconfesables que terminamos reservándolos para nosotros mismos; de ahí viene la culpa, de esconder a los demás nuestras pequeñeces, de escondernos a plena vista, pues sabes que os digo: que yo ya pasé la adolescencia, he aprendido o por lo menos estoy tratando de aceptarme y quererme como soy y éso incluye mis peculiaridades, te suelto algunas:

No tengo niños ni planeo tenerlos, pero me veo cuanta película para público infantil hayan sacado, si, hasta las de animales que tenían aventuras y hablaban que tuvieron tanto auge en los noventas (léase: volviendo a casa, Babe, la telaraña de Charlotte y un infinito etcétera), me gusta también el teatro infantil y a veces convenzo a mis amigas con hijos para que vayamos porque “a tus niños les vendría muy bien”.

¿Sabes ésa frase de: sonríe ¡éso les confundirá!? pues de vez en cuando salgo a la calle y voy sonriendo a desconocidos al azar, o si estoy de un lado de la acera y un autobús o el metro para, en cuanto arranca me despido emocionada así no conozca a nadie, pienso que: o pensarán que estoy loca y sonreirán por ello, o pensarán que los he confundido con otro y sonreirán igual, de cualquier manera sonríen y es ahí donde ganamos todos.

A veces voy por la calle diciéndole a la gente que me encanta su camiseta, pienso que les alegrará el día.

Me gustan mucho los superhéroes, tengo una lista de los poderes que me gustaría tener, la voy cambiando constantemente, empecé  con éste y ya fue un no parar.

Out of this world

Eve Garland.

Me sé todo el discurso de “Rings of Akhaten” y el de “Vincent and the Doctor”  éste último que considero el mejor capítulo de una serie que he visto en toda mi vida, uno que no me canso de repetir, no soy nada imparcial por supuesto, Dr Who es mi serie favorita, Vicent Van Gogh mi artista ideal, la primera vez que visité un museo por elección y no por obligación académica fue para ver una de sus exposiciones; y tenéis que reconocer que “Chances” es una canción que jamás nos podríamos cansar de escuchar.

A finales de los noventas me aprendí el Barry White Dance, y jamás he dejado de practicarlo.

Lloré, lloro y lloraré mares con ésto.

En mi mp5 hay una desmesurada cantidad de canciones de los 50’s

Muchas veces hago “el águila” en el hospital así como en demasiadas guardias he hecho carreras de sillas de ruedas y de palos de suero (te juro que ya no, porque ya no hago guardias, que si no…).

Me encantaban las series para adolescentes en las que cantaban y bailaban, ya no las veo pero me descubro algún domingo buscando las canciones en youtube y dándolo todo, me hago unos conciertazos en el salón de casa que el Carnegie Hall se me queda pequeño. Ya que estoy confesando te cuento que vi Floricienta, cuando se emitía estaba en la Facultad y el día del final coincidía con los finales de curso, pues bien hice el final en tiempo récord para poder salir pronto y alcanzar a llegar a casa aún así como veía que no llegaba llamé a mi madre que no se había visto un sólo capítulo en su vida, para que la fuera viendo y me la contara por el móvil mientras yo llegaba -el examen lo aprobé, con el capítulo lloré.

Que hablando de canciones, mi lista de placeres culposos es eterna y tiene de todo, me canto la Durcal, verano del 98, y cuanto grupo hortera se hubieran inventado en los noventas y que por cierto les ha dado por volver, ahí están the New kids on the block, Backstreet Boys, ‘N Sync, bien mezcladitos con Hanson, Nino Bravo y un infinito etcétera, para hacértelo corto ésta es la lista de Spotify.

Por alguna razón me parecían culposas las novelas románticas, hubo una época en la que me devoraba las novelitas de la saga de los Highlander -a ver si es por éso que quiero conocer Irlanda- con el tiempo me pasé a las de Marian Keyes y luego simplemente dejé de leer novelas románticas, pero hubo una época en la que me avergonzaba leerlas, como si el amor diera vergüenza, tonta que es una.

Así me podría quedar todo el día contándote todos mis placeres culposos, pero ya te haces una idea de lo que digo, al final los placeres culposos son placeres sin más, ni más pequeños ni más grandes, placeres que etiquetamos en base a lo que otros pensarán de nosotros, placeres que ocultamos y disfrutamos en solitario, en la penumbra, con desgana, sin decidirnos por fin a nombrarlos, sin saber si los compartimos, yo te he contado los míos cuéntame tu los tuyos que igual somos más parecidos de lo que creemos.

No quiero tener hijos.

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Cuatro palabras que yo pronuncio con facilidad pero que a la gente le cuesta horrores escuchar.

Como treintañera en edad de procrear escucho constantemente el reclamo de amigos y familiares acerca de la fecha en la que por fin me voy a decidir a fotocopiarme el genoma, yo les insisto que no, que no quiero, ellos por su parte me miran con cara de superioridad mientras me dicen por lo bajito dándome palmaditas en la mano: “bueno, ya entrarás en razón, éso dices ahora pero ya se te despertará el reloj y entonces ya me contarás”, treinta y cinco años llevo esperando a que se me despierte el reloj.

Los niños me gustan: los niños ajenos, adoro a mis primos, a los hijos de mis amigas, los cuidaría a diario si pudiera, soy feliz de verlos crecer, me encanta ver como una personita descubre el mundo y me gusta ser una guía turística de cada niño que me presentan, aún así no quiero tenerlos, no es como me han dicho: miedo, egoísmo, cobardía, comodidad, inmadurez, arroz pasado, es honestidad, ¿egoísmo? egoísmo es tener un hijo porque toca.

Yo, llegado el hipotético momento quisiera tener hijos deseados no sólo bienvenidos, quisiera hijos porque los quiero tener, estar en “búsqueda y captura de críos” no en “ven que atajo este penalti”, no me preocupa lo más mínimo envejecer sola, quiero creer que soy más que la posibilidad de procrear, me niego a verme como a una incubadora genética, no es por tener más dinero ni espacio para tener más cosas, no es siquiera por mi eterno amor a dormir hasta tarde los domingos y a no variar la comida hasta que no se acaba todo lo que he guisado, no es la pereza infinita que me dan los diminutivos y la involución que veo en mis amigas cuando se quedan embarazadas o hablan con niños pequeños como si el niño en cuestión no fuera solo pequeño sino también gilipollas, no es, y mira que lo odio: escuchar a mis amigos llamarse mamá y papá aún en ausencia del crío, NO, es que simplemente no quiero.

Ayer tuve cita con la ginecóloga, tenía cita para ecografía y consulta, las dos con una hora de diferencia, he llegado pronto, sacado el ticket y me he sentado en la sala de espera; las salas de espera del ginecología son con diferencia las que menos me gustan, ni siquiera las del endocrino con toda su mala leche y sus mismas palabras que me repite cada vez me cabrean tanto como la sala de espera de ginecología. Llegas ticket en mano y buscas una silla vacía, a ser posible atrás, en las esquinas y desde donde puedas ver la pantalla que dará el número mágico que te sacará tarde o temprano de allí; cuando voy al gine procuro llevar todo lo necesario para ser lo más invisible posible, casi nunca lo logro, en la consulta del gine al parecer todas tenemos que ser super amigas y vomitar arcoiris de colores mientras vamos hablando en semanas, porque claro no hay distinción: ahí están las embarazadísimas junto a las menopáusicas, las vírgenes, las putas, las que han tenido mil hijos y las que han tenido mil abortos, las que se embarazaron porque se les rompió un preservativo y las que rompen los preservativos con la esperanza de quedarse embarazadas, ahí estamos todas en una misma mezcolanza, yo cada vez que voy me digo: a que alguna se arranca y empieza un flashmob de barrigas en cualquier momento, sigo esperando pero no pierdo la fe, algún día alguna se arrancará y yo subiré el vídeo a Youtube, esperaré porque se que ya pasará.

Otra cosa que odio de las salas de espera del gine es que parece que es pecado ir sola, hay que llevar siempre a alguien, como si fuera imposible para una sola persona subirse a una camilla, poner los pies en unos estribos y recordar la fecha de tu última regla, al ginecólogo hay que ir acompañada: yo voy sola y para más inri voy varias veces al año, tengo una patología ginecológica que me somete cada pocos meses a revisiones, así que cada pocos meses alguna me pregunta que de cuánto estoy, me gustaría contestarle: de 180 pizzas en la última década, pero como en el fondo sé que no lo hacen a mal les digo que no estoy embarazada y vuelvo rápido al libro y a los auriculares sin darles apenas tiempo a que me den una palmadita mientras me repiten que no me preocupe que ya vendrán los hijos y descubriré lo maravilloso que es ser mujer, me pregunto: qué he estado siendo estos últimos 35 años, ¿ruiseñor? a veces no soy lo suficientemente rápida y ahí están: me sueltan el discurso esperanzador pro-churumbeles que al parecer viene con la primera menstruación y del que a mi nunca me dieron una copia, lo repiten muy rápido y siempre dan los mismos argumentos, yo las escucho y las dejo ser a ver si así logro que se callen antes y que la pantalla me devuelva pronto el número que tengo cogido con tanta fuerza que ya lo tengo tatuado en la palma de la mano.

Logré salir de la sala atravesando conversaciones de pañales, episiotomías, colores de habitación, cunas y rutas de medianoche al hospital, dirigirme a la consulta, subirme yo solita a la camilla, poner los pies en los estribos y dejar que me hicieran la ecografía de este trimestre: las cosas no están saliendo como se esperaba, mi problema no solo no remite sino que se hace más grande, así que nuevamente he solicitado una ooferectomía bilateral voluntaria y llegado el caso una histerectomía, estoy completamente convencida de que yo no soy un útero y un par de ovarios, mi ginecóloga no lo tiene tan claro.

Los hijos que no tengo y que no quiero tener, me están jodiendo la vida.

Llevo años suplicando por una extirpación de mis órganos reproductivos, mis memorias de adolescencia pasan todas por consultas de ginecología, con mi primera regla a los 11 años empezó el infierno del que 24 años después no logro salir, en su momento me dijeron que era muy joven, que había opciones, que no desesperara, al final lo pruebas porque bueno, no te vas a dar por vencida siendo tan pequeña y ahí estaba yo a mis 11 años con mis pastillas anticonceptivas, yo, que perdí la virginidad a los 20 empecé a medicarme con 11, cuando llegué a la veintena y ya con varias intervenciones ginecológicas encima volví a insistir en la extirpación, me volvieron a sacar la carta de la maternidad, una maternidad que no quiero, una maternidad que no me aseguran, una maternidad “sanadora” me veo y me comparo con los niños medicamento que los padres desesperados tienen con la esperanza de tener células de cordón para salvar a su hijo mayor enfermo, me han dicho tantas veces que tener un hijo me curaría de todo, como si embarazarse fuera hacerse un “ctrl+alt+supr” orgánico, a veces escucho a los ginecólogos y los veo como informáticos en plan: pues reinicia a ver si funciona.

A los 26 decidieron retirarme la regla con la vaga esperanza de mejorarme… ¿ya os he dicho que sigo yendo al gine cada tres meses? he ahorrado en tampax éso si, pero poco más, cuando me retiraron la regla volví a sacar la carta de la extirpación, ellos volvieron a contraatacar con la maternidad, con mis hijos no natos que me cambiarán la vida, así que vuelta a hincharme a medicación, a probar cuanta cosa se les ocurría, otra vez a la casilla de salida; el día en que cumplí los treinta volví a soñar con una vida sin dolor, sin ginecólogos cada tres meses, sin llamadas a mi abuela en las que me pregunten que cuándo voy a tener hijos o que cuándo voy al gine, porque es una cosa o la otra, me dijeron que con 32 podríamos plantearnos medidas más drásticas, los 32 llegaron y se fueron, con cada año que sube el ratio en el que las mujeres tienen su primer hijo a mi me suben la edad para poder decidir acerca de MI CUERPO, los ginecólogos que visito no paran de decirme que ya mejoraré, pero es que en 24 años no he mejorado ¿qué hace falta para que me escuchen, cuántas noches más en urgencias necesito, cuántas veces más voy a tener que faltar al trabajo, a cenas con amigos, cuántos momentos de mi vida más me tengo que perder por estar tumbada retorciéndome del dolor, cuánto sufrimiento vale un útero? quiero saberlo más que nada para tener claro cuánto me falta para terminar de pagar la multa por no querer fotocopiarme el gen.

Que por otro lado: ¿para qué quieren que me lo fotocopie, quién en su sano juicio quisiera que una hija suya pasara por lo que yo llevo pasando años y años? puede que sea egoísta pero no me voy a arriesgar a tener una copia mía por ahí con mis rizos, mi lunar en la cara y mis visitas al gine cada tres meses, esto no es vida para mi, ¿por qué la querría para alguien? éso si que sería egoísmo y no lo que me dicen las que insisten en que no seré mujer hasta que no expulse un ser humano por la vagina, si ser mujer se mide en visitas al ginecólogo yo soy más mujer que las que han parido diez hijos.

La ginecóloga de ayer me sacó más de mis casillas que cualquiera de los cientos de ginecólogos que he visitado en éstos 24 años, me ha dicho textualmente: “el dolor no será tanto, ni caso, que no se puede ser tan drástico, además las mujeres tenemos el don de dar vida y no deberíamos rechazarlo”, tócate los pies, una ginecóloga pro-vida me salió, pero es que yo no quiero matar un churumbel que tenga dentro, yo no quiero interrumpir un embarazo, lo que quiero es que mi útero vacío deje de sufrir, y si es pro-vida ¿mi vida no vale tanto como las de mis hijos no-natos, tengo que seguir viviendo así porque puede que en un futuro la fotocopiadora genética que tengo dentro se activará y me entrarán unas ganas frenéticas de procrear?

Por lo pronto hoy he estado haciendo gestiones para conseguir que me vea otro ginecólogo y bien, me de opciones viables que incluyan conservar mis órganos intactos, o que corte por lo sano, pero por otro lado voy a abrir una cuenta de ahorros, le doy un año más de mi vida, una última oportunidad antes de pagarme por la privada lo que la Seguridad Social insiste en negarme, lo que es una pena es que en las épocas que corren no tengas derecho sobre ti misma, así como triste es tener que justificar una forma de ver la vida, tan valiosa es una persona que decide procrear y sacar adelante un hijo, como las que decidimos no tenerlos, yo no escojo por ellas, nadie debería escoger por mi.

Ilustración de Joan Turu.

Ilustración de Joan Turu.

De sujetadores y bodas.

suejtador

 

No me gustan las bodas, ya está lo he dicho, no me gusta que me inviten a actos sociales en los que requiera ponerme ropa de señorita, meterme en un vestidaco, ponerme si o si tacones, pasarme horas tratando de domar el pelazo y maquillarme, son cosas que me dan una pereza enorme, mis amigas se casan, me invitan, yo me alegro muchísimo por ellas, pero me alegraría más si no me invitaran.

No es por supuesto que sea una desagradecida y que quiera vivir en una cueva ni nada por el estilo, es que no me gustan las bodas, así en general, no me gustan las bodas como no me gustan los bautizos, en las bodas los novios tienen muchísimas obligaciones, tantas que a veces no les ves ni disfrutar de su propia celebración, solo los ves saludar y saludar, y en los bautizos el homenajeado ni se entera, ¿y entonces por qué sigo a yendo a ellas a sabiendas de que las detesto? pues porque mis amigas me invitan y yo quiero compartir un poco de su felicidad, que el que yo ahora mismo no quiera marido ni hijos, no hace que no me alegre cuando mis amigas encuentran hombre de su vida y traen al mundo churumbeles, lo que me gustaría es que dejaran de invitarme, ¿qué fue de las bodas intimas?

Que no, que no, que no soy un Grinch de las bodas, ni me visto como marimacho, pero os cuento lo que pienso cada vez que me invitan a una boda: ponerse tacones, buscar sujetador; dos de las cosas que más detesto en el mundo, ¡si hasta estudié una carrera que me permitiera ir en zapatillas de deporte todos los días por el amor de Dios! algún día os contaré lo de la lesión deportiva que arrastro hace casi dos años y que me ha impedido desde entonces llevar otra cosa que no sean deportivas, otro día os cuento cómo abro casi a diario el armario solo para ver los zapatos que no me puedo poner, de como los miro con tristeza y vuelvo a cerrar la puerta despacio antes de ponerme a llorar a mares, algún día me veréis con zapatos de señorita, por lo pronto, según mi traumatóloga: durante por lo menos unos seis meses más, lo de los zapatos no es negociable.

Pero esta historia, no va de zapatos, va de sujetadores, de sujetadores que no logro conseguir: otra cosa que no me gusta es la ropa interior blanca, si hija si, especialita que es una, el caso es que no tengo absolutamente nada en blanco, pues bien, a sabiendas de éso para la boda de una amiga que se celebró en el verano, me decidí como no, a usar un vestido que requería un sujetador blanco,  pensé que tampoco pasaba nada, si tengo un montón de sujetadores de colores, encontrar uno blanco iba a ser pan comido, en mi ideario rezaban frases como: eso es sólo cuestión de ir a una corsetería y pillarme el primero en el que me entrara, después de todo hasta las señoras mayores llevan sujetadores blancos: craso error, durante quince, si QUINCE DÍAS, estuve probándome sujetadores hasta el hastío, encontraba mi talla -que eso ya es de agradecer- pero no encontraba la copa, o todos copas A y B o directamente F, G, H, vamos que para tetichiquitas y teticamión, ¿y el resto qué? yo llevo una D y no hubo manera, fui al Corte Inglés que siempre me ha salvado de buscar y nada, que allí todos pequeños, fui al Women Secret más que nada a saludar a la dependienta, porque ahí ni talla ni nada, fui a Corseterías de barrio, a grandes almacenes, a tiendas de tallas grandes, y hasta a un sex shop al que voy a veces y que siempre tienen talla, pues NADA, resulta que en las Corseterías que si hay talla y copa, suelen ser sujetadores tipo señora mayor, pero claro es que los de señora mayor no tienen sujeción están ahí como puestas por el Espíritu Santo para que sea él quien las sujete y pues yo casi que necesito algo más que me las ponga en su sitio, porque vamos el concepto “sujetador” debería como menos: sujetar.

Durante los dichosos quince días que estuve buscando sujetador blanco me compré tres de diferentes colores, al final exhausta decidí pedirle a una amiga un vestido prestado y ponerme uno de los sujetadores que había comprado y que me quedaba fenomenal, quince días de mi vida perdidos que jamás recuperaré y ¿para qué? para ir a la iglesia monísima, ver a mi amiga durante menos de una hora, subirme a un taxi y volver a casa para por la noche tener que llamar al fisio de urgencia porque no me cabían los pies ni en las deportivas, haber retrasado -en palabras de la traumatóloga- “tranquilamente un mes” la recuperación de mi lesión y ni siquiera haber disfrutado la boda como debería ser, mi amiga vale con creces el sufrimiento que me acarreó ponerme zapatos para su boda, pero amigas mías que faltáis por casaros: o aceptáis que a vuestras bodas y a los bautizos de vuestros churumbis voy a ir en un zapato que me pueda poner sin tener que pasar después por urgencias, o directamente dejar de invitarme a los bodorrios, yo os lo agradezco y me alegro por vosotras, pero en palabras de Lola Flores.

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