La sorpresa: un año después.

love actually

Voy a cumplir nueve años lejos de casa, nueve años intensos en los que he crecido como persona, he llorado de felicidad, he reído hasta hartarme, he conocido gente que serán para siempre parte de mi vida, nueve años en los que he sido feliz, muy feliz, pero también son nueve años en los que he crecido lejos de casa, en los que he llorado de dolor, he reído bajito, he dejado atrás parte de mi misma, he crecido pero no he visto crecer a aquellos a quienes quiero, nueve años…lejos.

Si miro atrás en el tiempo, volvería a irme: aquí soy feliz y aquellos que me quieren saben que lo soy, así que ellos son felices por mi, así sea con el corazón en la mano, yo soy feliz por ellos, aunque mis abrazos sean de pantalla de ordenador y mis besos sean de mensajes en buzones de voz, aunque mi versión de las “infusiones sanadoras” que me preparaba mi madre para los dolores, no sean más que agua caliente del microondas, soy feliz aunque haya conocido personas que han intentado robarme esa felicidad y lo hayan logrado durante un tiempo, soy feliz, feliz en la distancia que es un poco ser feliz a medias, pero feliz después de todo.

Soy una persona muy solitaria, estoy bastante a gusto conmigo misma, puedo pasar días enteros sin salir de casa, el estar lejos nunca me ha supuesto un dilema, me fui de casa muy  pronto, he tenido la suerte de nacer en una familia que cree que tenemos que volar con nuestras propias alas y jamás nos las ha cortado, he crecido en una familia que me enseñó que todo lo que se siembra al final da frutos, que siempre ha apostado por mi, que siempre ha creído que yo tengo el boleto ganador en la lotería de la vida, es por éso que mi familia está “regada por el mundo” yo estoy aquí y estoy sola, ellos están allí pero están conmigo.

Aún así llega un momento en que los abrazos de LED no te calientan, que los besos de audio no te reconfortan, hay momentos en los que hay que volver, volver para recargar, volver para abrazar. Hoy hace un año que decidí que ya estaba bien de pasar navidades lejos de los míos, que ocho años sin vivir una navidad en casa eran suficientes, en un ataque de visceralidad de ésos que todos tenemos a veces y con la planilla del trabajo en la mano: empecé a mover hilos para poder irme a casa durante por lo menos quince días en diciembre, me senté frente a una hoja de papel y empecé a crear posibilidades, mi bolígrafo apenas podía seguir a la velocidad con la que se movía mi mente, comencé por poner en un lado todos los turnos que tendría que cambiar y en la otra columna las opciones de personas que me los podrían cubrir, para ésa época yo trabajaba en un sitio que requería meses de preparación con lo que mis posibilidades se reducían a cuatro o cinco personas, así que para que todo saliera bien cada una me tenía que cubrir por lo menos dos días incluida la mañana de nochebuena…lo tenía crudo, pero como no tenía nada que perder: lo intenté.

Llamé primero a aquella que me podría hacer la mañana de nochebuena, de ella dependía todo, si decía que no, no importaría lo que dijeran los demás yo no podría viajar y el abrazo con mi madre se postergaría otro año, la llamé con el corazón en la garganta, según la planilla ella tenía libres cinco días y yo no podía devolverle un día posterior así que si yo viajaba ella no, aún así la llamé: me contó que se iba a ir a Londres para visitar a su hijo…pero que no le importaba coger un vuelo el 24 por la tarde, que ella tenía a su hijo a menos de una hora y yo a mi madre a miles de kilómetros, que si estaba en sus manos ese año yo abrazaba a mi madre sí o sí.

Primer reto conseguido, así que con las fuerzas recargadas seguí llamando a mis compañeros, explicándoles mis razones y diciéndoles que aunque ellas me harían el turno cuando yo más lo necesitaba, yo solo podría devolvérselos en unos días concretos porque al finalizar mi contrato el 31 de diciembre no podía dejar turnos sin devolver, así que no solo me estaban haciendo un favor, un enorme favor: me hacían un turno cuando yo lo quería y yo les devolvía cuando podía con lo cual, no estaban ganando absolutamente nada, yo lo sabía, ellas también, aún así: ninguna se negó, bueno una sí pero no todo podía ser color de rosa, cuando una se negó empecé a devolver llamadas para cancelarlo todo, el plan se basaba en conseguir un imposible, en conseguir que cinco personas me hicieran 12 turnos, yo sabía que era un imposible pero como en casa siempre me han enseñado que todo se puede y que por lo menos hay que intentarlo éso había hecho, había luchado y había perdido ¡pero había luchado!

La tercera compañera que llamé para decirle que ya no iba a necesitar el turno, me contestó que no se me ocurriera dar marcha atrás que ella cubría ésos dos días mi turno y el suyo, que haría dos días seguidos turnos de 14 horas pero que me fuera, que por favor me fuera, nunca le agradeceré lo suficiente.

Salí de casa hacía la agencia de viajes, no tenía dinero para el billete pero éso irónicamente no me preocupaba, había conseguido coordinar los turnos, el dinero no iba a ser lo que me impidiera viajar, me planté en la agencia y les dí fechas, les dije que no tenía dinero y que me lo tendrían que financiar en su totalidad, que el 31 de ése mismo mes me quedaría sin trabajo pero que podían estar seguros de que les pagaría el billete así fuera lo último que hiciera, me lo financiaron.

Habían pasado solo 45 minutos desde que puse el plan en marcha y el momento en el que tuve el billete en la mano, ahí fui consciente de la que había montado, de lo que suponían ésos dos folios impresos que tenía en el bolso, en ése momento me dí cuenta que pasaría las navidades en casa, es como cuando en el trabajo hay una emergencia: te pones en piloto automático, todo tu cuerpo funciona por inercia, sabes lo que tienes que hacer no hay tiempo de pensarlo, el cuerpo recuerda y actúa, ya después cuando llega la calma tienes tiempo de sentir, pero por el momento hay que actuar, éso me pasó; cuando llegué a casa y abrí el bolso me di cuenta de lo que había pasado, la emoción me desbordó y lloré, unas lágrimas dulces, muy dulces esta vez.

Tenía el billete para el 10 de diciembre así que en nueve días tendría que hacer los turnos de todo un mes, los míos y todos los que me iban a hacer, literalmente me fui a vivir al trabajo, turnos de 14 y 21 horas, las pocas horas que no estaba trabajando las utilizaba para organizar la maleta, comprar regalos, coordinar todo lo necesario, engañar a mi madre: decidí que todo iba a ser una sorpresa, así que inicié conversaciones por whatsapp con mis ex-compañeras de la Facultad les conté el plan y les dije que necesitaría que alguna me fuera a buscar al aeropuerto, por supuesto encontré chófer en dos segundos. A mi madre le conté que tenía una compañera del trabajo que se pasaría por allí con la intención de un Congreso y que no le importaba llevarle unos regalitos míos (así conseguí que me dijeran ella y mis hermanos lo que querían por navidad) me puse como no, de acuerdo con mi compañera y le enviamos su foto para que pudiera saber cómo era “ya que iba a ir a verla”, días después y para asegurarme de tenerla en un sitio concreto le dije que a mi amiga la irían a buscar y que ella le llevaría las cosas a casa de la abuela, que la esperara entonces allí (así yo mataba dos pájaros de un solo tiro y daba una sorpresa generalizada, no le había contado a nadie de mi familia que iría: era la única forma de asegurarme que nadie se enteraría) mis cómplices eran compañeras de la Facultad y alguno que otro personaje de Twitter, después de todo necesitaba que alguien en casa tuviera los datos de mis vuelos, que uno nunca sabe.

Dos días antes el pie me empeoró considerablemente, el médico me dijo que necesitaba parar unos días, yo no podía estar de baja o no podría hacer los turnos y mucho menos salir del país así que el último turno que hice antes de viajar fue sin duda uno de los peores que he tenido en mucho tiempo, al finalizar no podía ni apoyar y una compañera tuvo que llevarme a casa, mi plan era aprovechar ésa última noche para terminar de hacer la maleta pero en las condiciones en las que estaba no podía hacer mucho así que mi amiga me ayudó y en menos de diez minutos “embutimos” las cosas en las maletas porque decidimos que lo mejor era dormir en su casa: por si necesitaba algo, por si empeoraba estuviera acompañada, pero sobre todo por si los nueve días que llevaba casi sin dormir pasaran factura y perdiera el vuelo por quedarme dormida, llegamos a su casa sobre la media noche, estuve organizando la maleta hasta casi las dos, tenía el vuelo a las 9 así que tendría que estar en el aeropuerto a las 6:30 una noche más que apenas dormía, pero tendría 12 horas de vuelo por delante, dormir era lo último que me preocupaba.

Recuerdo subirme al avión, relajarme por primera vez en días y caer profundamente dormida, las auxiliares de vuelo me despertaban para las comidas, yo comía y volvía a dormir, horas después estaba en mi ciudad, el vuelo llegó a tiempo pero las maletas se tardaron una eternidad en salir, sabía que no había nadie de mi familia detrás de las puertas de cristal pero veía sus rostros en rostros ajenos, veía reencuentros y abrazos, era feliz por aquellos que se reunían con los suyos después de quien sabe cuánto tiempo, inventaba historias en mi cabeza, intentaba adivinar quien iría a buscar a quien, me decía: el niño de rojo ha de ser hijo de la señora con rulos de la cinta de atrás, me apostaba a mi misma quién era pareja de quién, leía letreros de “bienvenido” hechos con macarrones y purpurina, veía abrazos y lágrimas de felicidad, reencuentros esperados por quién sabe cuánto tiempo, anticipaba el mío mientras esperaba y sonreía con el corazón.

Casi una hora después por fin estaba fuera del aeropuerto, solo diez minutos me separaban del abrazo de mi madre, durante tres semanas no habría besos de buzón de voz, abrazos de LED, sopas de sobre o infusiones sanadoras de microondas, durante tres semanas habría felicidad pura y dura.

Aparcamos frente de casa y toqué el timbre: me abrieron dos de mis primos que no supieron decir nada, unos segundos después mi madre bajaba las escaleras y su grito de felicidad retumbaría hasta mi vacía casa al otro lado del mundo, su grito alertaría a los demás y en menos de un minuto me encontraba dando todos los abrazos que tenía pendientes durante años, mi madre no me soltaba como si quisiera asegurarse de que era cierto, me riñeron por supuesto ¡¿cómo no avisaste?, ésas cosas no se hacen! eran las palabras que más me repetían, me reñían un segundo, pero como a mí: la felicidad hacía que el enfado fuera a menos.

Tres semanas estuve en casa, tenía vuelo de regreso el 29, tenía que volver el 30 por si me renovaban en el trabajo estar aquí para firmar el contrato, estuve solo tres semanas pero me sirvieron para cargar el corazón de felicidad para meses y meses. Este año no iré, no es un coste que me pueda permitir todos los años, intentaré si se puede ir el año que viene, este año volveré a tener una Navidad compartida por pantallas de LED, a escuchar besos en mensajes de voz, a compartir cenas de navidad a deshoras, a adornar la casa para uno, este año trabajo de mañana con lo que no tendré guardia de Nochebuena y como nuevamente se me acaba el contrato el día 31 tampoco me pueden poner guardia de Nochevieja, así que este año estaré en casa sola, celebrando dos veces la navidad: a mi hora y a la suya, lo que me dará la oportunidad de sonreír el doble de veces, por lo pronto y a pesar de que con todo lo que me ha pasado este año y el haberme tenido que cambiar a un piso más pequeño, he encontrado un espacio para el Belén y así he acercado un poco mi familia a casa, mañana encontraré la manera de poner el árbol aunque para ello tenga que quitar la mesa del comedor.

Este post es una celebración, una celebración del amor que siento por los míos, los míos de sangre y los míos de corazón, una celebración del amor que les profeso y del que me profesan a mi, una celebración y un homenaje: por todos aquellos que me permiten ser parte de su vida y que me hacen un huequito en sus corazones, por aquellos que me vieron crecer y me dejaron marchar y por aquellos que me ven ser la persona que quiero ser dejándome entrar, por los de allí y por los de aquí, porque sois vosotros quienes me hacéis grande aunque siga midiendo 1,50 porque mi familia es inmensa y está en todas partes.