Lugares que el amor me robó.

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“Y de hecho habrá tiempo, para la niebla amarilla que vaga por las calles rascándose el lomo contra las ventanas, habrá tiempo, habrá tiempo de que un rostro se prepare para enfrentar todos los rostros que enfrentamos. Habrá tiempo para matar, para crear, y tiempo para todas las obras y todos los días de estas manos, que levantan y te sueltan preguntas en tu plato. Tiempo para ti y tiempo para mi, y tiempo suficiente para cien indecisiones y  para cien visiones y revisiones, antes de la hora de una tostada con te”. 

Canción de amor – J. Alfred Prufrock (extracto)

 

Habrá tiempo para todo, pero yo sigo sin encontrar el tiempo para recobrar todo aquello que el amor me robo, tengo vacíos mentales, vacíos físicos, vacíos emocionales, hay barrios, bares, parques, libros, películas, canciones, ciudades, personas, cientos de cosas que el amor me robó y que me veo incapaz de reclamar, cientos de cosas que tengo tan asociadas a “el amor” que me duelen recordar aunque sean recuerdos felices, quizás más porque son recuerdos felices, así que voy por mi vida dando rodeos: físicos y mentales, hay supermercados por los que ya no paso, calles que ya no recorro, canciones que ya no canto, no las revivo porque eran suyas, eran del amor, no de una persona o de un tiempo en especial: eran del amor, del amor que me profesaron, del que yo grité al viento mientras sujetaba una mano que a su vez me sujetaba.

Hay sitios que siempre he querido recorrer, que no tienen la impronta de nadie a quien llamé “amor” pero que aún así no recorro, hay sobre todo bares, bares en los que nunca he saciado mi sed, bares que puede hasta sean pésimos y solo pongan cerveza con kikos, que pongan música de pachanga y en los que los servicios dejen bastante que desear, nunca lo sabré porque me da miedo ir. Soy tonta lo sé, me miro al espejo y me reconozco tonta, pero sigo sin sacar fuerzas para reconocerme de otra forma.

Habrá tiempo dice Prufrock, y en honor a ese tiempo que vendrá he intentado arañarle a la vida los retazos que me robó, he ido a bares, he visto películas, hasta me he atrevido con alguna canción. Todo ha salido mal, he sentido el viento golpeándome en la cara en forma de calles, me he retorcido con un dolor que me había negado a sentir, así que he hecho lo fácil y dando marcha atrás he ido cerrando vasos y creando pequeñas isquemias con la vaga ilusión de que cicatricen y dejen de doler, el problema es que todo lo que cura en falso al final se reabre y arrastra consigo tejido sano, así que aquí estoy con mi piel nueva, incolora y frágil, piel sin curtir; tengo miedo, un miedo horrible me recorre, me detiene y me grita que “no pasa nada si no pasa nada“, sé que lleva mucho tiempo no pasándome nada.

Hay algo que hago todos los días sin excepción cuando me subo al autobús camino de casa, no había sido tan consciente de ello hasta hace poco, me subo, paso el abono y acto seguido miro atrás, no busco a nadie, o quizás si, pero el caso es que miro atrás a la fila de gente que espera subirse en ése mismo autobús, los miro esperar mientras yo espero en mi asiento, no sé qué será la soledad pero para mi es subirme al autobús mientras miro la fila de gente en la parada, no porque me de miedo a que el autobús se vaya sin mi, después de todo yo ya estoy subida, es por un temor horrible a ver que la que se va soy yo, que me voy incompleta, sin mis barrios, bares, parques, libros, películas, canciones,ciudades y personas, me voy sólo yo.

Viajar sola no es malo, lo malo es huir de tu vida con la excusa de que viajas, como necesito curtir mi piel llevo unos meses recorriendo los sitios que no tienen impronta para así con un poco de suerte ir dejando en ellos la mía, voy dando pasos de bebé, me caigo y me levanto, no hay manos que me sujeten ni besos en las rodillas, pero me levanto una y otra vez porque me niego a que el miedo me gobierne, me niego a ser un espectador en mi propia vida, me niego a no reconocerme,  a vivir con un “y si…”

*Si este post fuera una canción, sin duda sería ésta.

Placeres culposos

placer culposo

“No se trata de un placer culpable por mi parte, simplemente debido a que no creo en los placeres culpables. El esnobismo es justamente la cara pública de la inseguridad. A uno le gusta lo que le gusta, y no debería sentirse culpable en relación con sus intereses o pasatiempos”.

James Kakalios – La Física de los superhéroes. 

No pude evitar pensar en mis propios placeres culposos al encontrarme con la frase de Kakalios cuando leía su maravilloso libro, yo, que en cientos de oportunidades he despreciado las artes de los números, yo que volvería a pasar por neuroanatomía y por las horribles prácticas de las morfosiologías (todas ellas)  si con éso lograra retroceder en el tiempo para no tener que ver nunca las asignaturas de números (biofísica, estadística, análisis de datos, psicometría) a mí que me costó lo mío aprobarlas, ahora me descubro leyendo acerca de física así sin razón alguna, por el placer de saber; si al final va a ser cierto que con los años maduramos y que tarde o temprano aprendemos lo que nos negamos a aprender en su momento.

Los placeres culposos son parte de nosotros mismos, de un inconsciente colectivo que se nombra a media voz, que sobrevive en las sombras y nos regala las sonrisas más honestas, los bailes más ridículos y nos recarga de energía cuando estamos un poco decaídos. Mis placeres culposos, como los de casi todos, son realmente tonterías que no sé por qué no se hacen públicas, me imagino que por el temor ridículo que nos infundieron en la adolescencia de no encajar si llegamos a confesarlos y que en la adultez nos parecen tan inconfesables que terminamos reservándolos para nosotros mismos; de ahí viene la culpa, de esconder a los demás nuestras pequeñeces, de escondernos a plena vista, pues sabes que os digo: que yo ya pasé la adolescencia, he aprendido o por lo menos estoy tratando de aceptarme y quererme como soy y éso incluye mis peculiaridades, te suelto algunas:

No tengo niños ni planeo tenerlos, pero me veo cuanta película para público infantil hayan sacado, si, hasta las de animales que tenían aventuras y hablaban que tuvieron tanto auge en los noventas (léase: volviendo a casa, Babe, la telaraña de Charlotte y un infinito etcétera), me gusta también el teatro infantil y a veces convenzo a mis amigas con hijos para que vayamos porque “a tus niños les vendría muy bien”.

¿Sabes ésa frase de: sonríe ¡éso les confundirá!? pues de vez en cuando salgo a la calle y voy sonriendo a desconocidos al azar, o si estoy de un lado de la acera y un autobús o el metro para, en cuanto arranca me despido emocionada así no conozca a nadie, pienso que: o pensarán que estoy loca y sonreirán por ello, o pensarán que los he confundido con otro y sonreirán igual, de cualquier manera sonríen y es ahí donde ganamos todos.

A veces voy por la calle diciéndole a la gente que me encanta su camiseta, pienso que les alegrará el día.

Me gustan mucho los superhéroes, tengo una lista de los poderes que me gustaría tener, la voy cambiando constantemente, empecé  con éste y ya fue un no parar.

Out of this world

Eve Garland.

Me sé todo el discurso de “Rings of Akhaten” y el de “Vincent and the Doctor”  éste último que considero el mejor capítulo de una serie que he visto en toda mi vida, uno que no me canso de repetir, no soy nada imparcial por supuesto, Dr Who es mi serie favorita, Vicent Van Gogh mi artista ideal, la primera vez que visité un museo por elección y no por obligación académica fue para ver una de sus exposiciones; y tenéis que reconocer que “Chances” es una canción que jamás nos podríamos cansar de escuchar.

A finales de los noventas me aprendí el Barry White Dance, y jamás he dejado de practicarlo.

Lloré, lloro y lloraré mares con ésto.

En mi mp5 hay una desmesurada cantidad de canciones de los 50’s

Muchas veces hago “el águila” en el hospital así como en demasiadas guardias he hecho carreras de sillas de ruedas y de palos de suero (te juro que ya no, porque ya no hago guardias, que si no…).

Me encantaban las series para adolescentes en las que cantaban y bailaban, ya no las veo pero me descubro algún domingo buscando las canciones en youtube y dándolo todo, me hago unos conciertazos en el salón de casa que el Carnegie Hall se me queda pequeño. Ya que estoy confesando te cuento que vi Floricienta, cuando se emitía estaba en la Facultad y el día del final coincidía con los finales de curso, pues bien hice el final en tiempo récord para poder salir pronto y alcanzar a llegar a casa aún así como veía que no llegaba llamé a mi madre que no se había visto un sólo capítulo en su vida, para que la fuera viendo y me la contara por el móvil mientras yo llegaba -el examen lo aprobé, con el capítulo lloré.

Que hablando de canciones, mi lista de placeres culposos es eterna y tiene de todo, me canto la Durcal, verano del 98, y cuanto grupo hortera se hubieran inventado en los noventas y que por cierto les ha dado por volver, ahí están the New kids on the block, Backstreet Boys, ‘N Sync, bien mezcladitos con Hanson, Nino Bravo y un infinito etcétera, para hacértelo corto ésta es la lista de Spotify.

Por alguna razón me parecían culposas las novelas románticas, hubo una época en la que me devoraba las novelitas de la saga de los Highlander -a ver si es por éso que quiero conocer Irlanda- con el tiempo me pasé a las de Marian Keyes y luego simplemente dejé de leer novelas románticas, pero hubo una época en la que me avergonzaba leerlas, como si el amor diera vergüenza, tonta que es una.

Así me podría quedar todo el día contándote todos mis placeres culposos, pero ya te haces una idea de lo que digo, al final los placeres culposos son placeres sin más, ni más pequeños ni más grandes, placeres que etiquetamos en base a lo que otros pensarán de nosotros, placeres que ocultamos y disfrutamos en solitario, en la penumbra, con desgana, sin decidirnos por fin a nombrarlos, sin saber si los compartimos, yo te he contado los míos cuéntame tu los tuyos que igual somos más parecidos de lo que creemos.

Hoy también es el día de la madre.

 juan carlos boveri

Las celebraciones en solitario son complicadas, cumpleaños, navidades, reyes, hasta las celebraciones de fútbol en solitario son complicadas; podría decirse que no tanto, después de todo vivimos en el mundo de los avances en telecomunicación, o por lo menos es de lo que intenta convencerme Amena cada vez que me llaman para proponerme un plan de llamadas internacionales, o los de la empresa ésa de las tarjetas de llamadas que me acosan todos los días en el Metro.

35 añacos… y nada de juicio añadiría mi madre con una muletilla muy usada en mi tierrita, por supuesto: nada de juicio, si nos comparamos con mi madre, ella a sus 35 añacos ya tenia dos hijos y un marido -que en ocasiones viene siendo tener 3 hijos-, tenia además un marido que viajaba muchísimo así que casi diré que yo soy hija de madre soltera que estuvo casada durante un tiempo, mi madre a su edad tenia el peso del mundo en sus brazos, la responsabilidad de sacar lo mejor de dos personas que dependían absolutamente de ella, así que sacó fuerzas de flaqueza y mira: no le salimos tan mal (bueno, un poco mal de la cabeza si estoy yo, pero son estados en enajenación transitoria) con mi edad a mi madre jamás se le pasaría por la cabeza que 5 años después y cuando los dos primeros estaban medianamente encaminados por la vida, y a mí por lo menos ya me tenia mirando a la Universidad, sacaría la tarjeta de “vuelva a la casilla de maternidad” y ahí está: mi  hermano menor apareció a los 40 de mi madre y bien a gusto que nos quedamos cuando llegó.

Mi madre: la madre coraje por excelencia, jamás ha permitido que me dé por vencida, es mil veces mejor persona que yo, es incapaz de decir que no en situaciones en las que yo cerraría la puerta en la cara al otro, se entrega muchísimo por aquello en lo que cree y cree en muchísimas cosas, así que vive entregada a los demás, es de ésas personas que saca lo mejor de ella cuando ve brillar a los otros, de ésos que están ahí, en la penumbra, porque su luz la da a los demás, mi madre jamas intentó cortarme ningún ala, ya si eso ella se cortaba un trozo de corazón y me lo metía en la maleta por si a mí me hacia falta, cuando le dije que me iba de casa fue ella quien me ayudó con la mudanza, cuando sufría de amor lloraba conmigo, cuando tenia exámenes se quedaba despierta haciéndose la que veía la tele, pero era para asegurarse que no me quedara dormida, o que no pasara la noche en vela sin comer, jamás me dijo no cada vez que decidía pintar las paredes de mi habitación aunque ella hubiese pintado la casa a juego, estudió conmigo cada terminología de la carrera y me dejó empapelar la casa con mis apuntes, casi se hace vegana después de que en mi primer año le contara lo que hacía cada órgano del cuerpo, me apoyó incondicionalmente cuando quise hacer una segunda carrera, no me reñía cuando le decía que cambiaba de opinión, no me odió cuando dejé la Fisioterapia a poco de titularme para empezar Psicología, jamás ha dejado de creer en mí y es por eso que no me derrumbo, ella cree en mí incluso más que yo, me ha dejado siempre la libertad para ser yo misma, pero se asegura de dejarme la puerta abierta por si me da miedo el mundo y decido volver a arroparme en su cama, jamás me ha echado mis fracasos en cara pero es porque: ella no cree que me haya equivocado jamás.

Mi madre me permite ser la persona que quiero ser, me suelta consejos sosegados, los deja caer por ahí, para que yo los coja si me vienen bien, jamás me dice: “te lo dije” y es porque nunca me lo dijo, a ella jamás se le ha pasado por la cabeza que sus hijos no sean más que ganadores, así que asiste por igual a competencias deportivas, a debates, a conciertos de grupos que no soporta, se le encoge el corazón cuando  nosotros, sus hijos, decidimos escalar montañas, atravesar continentes, montar tabla, arriesgar la vida, se le encoge el corazón pero nos deja ser, nos apuntó a cuanto deporte le decíamos que nos interesaba y  nos procuraba los instrumentos musicales que por moda quisiéramos aprender a tocar (ahí continúan las guitarras y los teclados que jamás se usaron y que ella jamás no echó en cara) nos reñía cuando nos desviábamos del camino, pero jamás ha dejado de animarnos a recorrerlo solos, siempre nos ha dejado opciones, y espera silenciosa que no se vayan en saco roto todas sus enseñanzas, no se van ya te lo digo yo.

Con los años entiendes la fuerza de las palabras de una madre, con los años entiendes que no quieren amargarnos la vida cuando nos dicen que nos pongamos un suéter, te das cuenta de todo lo que vale la que te prepara las lentejas y te las mete en un tupper para que no tengas más que calentarlas cuando llegas tarde, o entiendes la importancia de ponerte calcetines limpios, cuanto más maduramos más agradecemos y más nos damos cuenta de todo lo que sacrifican por nosotros, yo no sé si podría hacer algo así por otro, no siento siquiera que tenga un cuarto del valor que tienen las madres, por favor: si me cuesta horrores levantarme a las 5:30 am para ir a trabajar y a mí me pagan por ello, a las madres no les pagan y bien que las tenemos en vela demasiado tiempo.

Nada de héroes los que van a la guerra, héroes ellas, que se quedan en casa después de haber parido a los que se van a la guerra y llevan entonces doble peso encima, héroes ellas, que reparten sabiamente una barra de pan con sentido milimétrico para que no digamos: ” a mi hermano le pusieron más”, héroes ellas que llegan a fin de mes apurando el dinero y nos compran chuches aunque para eso tengan que dejar de comprarse zapatos, héroes ellas que se despiertan al alba, preparan desayunos, despiertan hijos, escuchan historias, nos acompañan y aun así tienen tiempo para maquillarse divinas e irse al otro trabajo, al que les pagan fuera de casa, héroes ellas que nos soportan en la adolescencia y que ven lo que otros no ven en nosotros, héroes ellas que se despiertan las primeras y se acuestan las últimas, que sacrifican su cuerpo, sus curvas, sus pechos, por uno que tarde o temprano se irá de su lado, héroes ellas que tienen la valentía de la que yo carezco, puede que la que trabaje salvando vidas sea yo, pero os aseguro que la que las salva es ella, puede que no conozca a mis amigos, pero sé que le gustarían, ella me enseñó a ver el valor en los demás y es por eso que intento ser la mejor amiga que puedo, mi madre me apoya muchísimo, se ríe de las tonterías que escribo por Facebook, es la primera en leer las entradas al blog, no comenta nunca porque una vez más se hace a un lado para dejarme ser, se escandaliza cuando cuento mis historias amorosas pero no entiende que se las cuento a ella y a otras madres que no tienen a quien leer, se sorprende cuando le cuento mis historias de cama, pero sé que en el fondo se alegra de tener una hija que se las cuente, yo me alegro de tener una madre a quien pueda contarle todo.

Ella me cuida, me cuida desde el otro lado del ordenador, me cuida desde un auricular a miles de kilómetros de distancia, ella me ve crecer por las palabras que lee y me acompaña en las fotos que publico, mi madre vive a mi lado aunque lo haga tan lejos, siempre ha intentado que me crea que soy guapa, nunca me llamó gorda ni me reprochó todas las veces que abandoné una dieta, permitió que en un estado de enajenación transitoria tiñera mi melena negro azabache por un ridículo rubio que se quedó en castaño; mi madre trabaja y es muy buena en lo suyo tanto que hasta hace poco menos de dos años no la dejaron jubilarse y ahí estaba: siendo la madre de otros en el trabajo, ha perdido la capacidad de asombrarse de todas mis locuras, prepara ajiaco y se le atraganta porque sabe que muchas veces yo como sopa de sobre, es la primera en llamarme cada cumpleaños y la última persona que escucho cuando el año termina, mi madre es además buena hija cuida de mi abuela como me gustaría a mí poder cuidar de ella, es buena hermana y está ahí por por los suyos, los suyos que son los míos aunque yo cada vez los siento más lejanos.

El día de la madre no debería ser uno, lo sé pero por alguna razón nos lo creemos, creemos que hay un día bueno, un día concreto para ser buenos hijos, para decirles lo mucho que  las queremos, lo mucho que les agradecemos, así que yo te propongo que dejes ahora mismo de leer este post, y que corras al lado de tu madre, que les des un abrazo fortísimo, y que no las sueltes durante horas, ve ahora y abrázala, hazlo por ellas, por todo lo que nos dan, halzo por todo lo que les agradecemos, pero sobre todo hazlo por mí y por mí madre, porque nosotras no podemos abrazarnos.

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Éste post es parte de la saga #PostReciclados,
el original se publicó hace dos años en mi otra web,
siguen siendo ciertas cada una de sus palabras.

Ni matemáticas, ni amor.

 

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Hace muchos años, cuando estaba en la Facultad, salí brevemente con un chico que se enfadaba muchísimo porque, y creo que fue un detonante importante para que esa relación nunca prosperara: yo no volvía la vista atrás cuando nos despedíamos, le daba un abrazo, -que siempre he creído más honestos que los besos-, el me daba un beso dementor en un intento de quitarme hasta el último recuerdo de besos pasados, yo por mi parte: lo soltaba de la mano, me daba la vuelta y me alejaba sin mirar atrás. Es algo que siempre he hecho, jamás me ha parecido mal, este chico lo odiaba.

Soy de las que se despide y ya, dice adiós y ya está hecho, no le encuentro el sentido de volver la vista atrás, si como dirían en mi casa “adelante es para allá”, me imagino que la idea romántica de la doncella que despide a su príncipe con una lánguida mirada, que se pasea y vuelve atrás para asegurarse de que es cierto o para echar un último vistazo a su gran amor, es parte del imaginario, del inconsciente colectivo, de una ensoñación aceptada como el más grande de los axiomas.

De un tiempo para acá veo el amor como una tautología, una repetición incesante de los mismos argumentos, las mismas proposiciones que no sabemos demostrar si son válidas o no. Para demostrar proposiciones hay que aprenderse las tablas de verdad, algo que yo nunca he podido, para empezar hay que definir momentos como premisas, cosa ya de por si complicada, ¿cuál momento escoger, sobre qué base unos momentos valen más que los otros? como escoger la premisa define toda la proposición, elegimos entre el momento en que nos conocemos, el primer beso, la primera de las mariposas en el estómago, la primera discusión, la primera vez que nos planteamos abandonar pero que aún así seguimos, el día que conocimos a sus amigos o el día en que fuimos más conscientes que nunca de que jamás nos los han presentado, hay mucho de donde escoger, demasiado para mi gusto.

Para no ir más lejos, yo, que soy básicamente nula en estadística no sabría bien cuáles momentos escoger como premisas y es por éso seguramente que la mayoría de mis relaciones dan resultados matemáticamente válidos aunque estuvieran plagados de premisas negativas; de las pocas cosas que recuerdo de matemáticas era que menos por menos da más y es quizás por eso que me perpetúo en relaciones que no me aportan nada, que son como los besos dementores que me daba este chico que os cuento y que pretenden en dos momentos buenos borrar miles de malos, es como querer calentarse comiéndose un helado a -5 grados ¿no era que menos y menos daba más, entonces por qué narices yo me sigo helando?
Este año he decidido aprender estadística así sea de manera autodidacta, estadística de la de verdad, la de números y tablas, he pensado y si logro por fin comprenderlo puede que logre entender todo lo demás, es una manera de probar la teoría que nos repetía incesantemente mi profesor, aquello de que “la estadística es como la vida”, así que como buena autodidacta me he sumergido en decenas de vídeos de YouTube (no hay nada que no esté explicado en un vídeo de YouTube) si logro enterarme de algo, y encontrar premisas nuevas que definan una relación os lo cuento, me temo éso si, que una parte importante sería dejar de estar cerrada al amor.

¿Vosotros sois de estadística?, ¿se os da bien?, ¿me explicáis un poco de qué va?

Los yogures y yo.

yogurcaducado

En mi nevera hay tres yogures que caducaron el 12 de octubre, están ahí expectantes del día en que por fin me decida a comérmelos, ése día se resiste, así como yo me resisto a tirarlos.

En toda nevera de soltero que se precie al final se terminan repitiendo patrones alimenticios, en mi caso concreto consumo mucha leche y fideos de arroz, hace algunos años era la reina del atún de lata y de las salchichas de pavo dos cosas que ahora no soporto comprar, bueno el atún si, pero las salchichas no, no y no.

No sé por qué compro yogures no me gustan lo suficiente, a menos que sean de los de beber los yogures en casa siempre se caducan, por alguna razón insisto en seguir comprándolos a sabiendas de que pasarán semanas antes de decidirme a comerme alguno, ríos de tinta y cientos de conversaciones se han creado acerca de mi “manía de comprar yogures y comérmelos caducados”.

¿Por qué compro yogurt?

Honestamente no lo sé, pero estas son las excusas que me invento: te soluciona las ganas de dulce con apenas unas calorías, está siempre fresquito y tampoco es una porción considerable, sirve como tentempié y hay que reconocer que: está “hasta” bueno, aun así, tengo el superpoder de dejar caducar los yogures, es comprar yogures e irremediablemente ver como se caducan en la nevera, recientemente me comí un yogur que tenia más de 100 días caducado -que ésos tres que están en la nevera eran de un pack de 12-, era completamente consciente de la fecha de caducidad pero decidí comérmelo igual, por un lado porque empecé a comerme los yogures cuando ya había pasado casi una semana de su fecha y por otro, porque había estado investigando y los yogures caducados en concreto no hacen daño, en mi investigación acudí por supuesto al doctor Google, pero también recurrí a un amigo ingeniero químico que justamente trabaja en una planta procesadora de lácteos, así que si no me fío de la palabra de San Google, pues de la de mi amigo me fío completamente, además un poco de sentido común: si los abres, no están verdes y te saludan pues están buenos y si están malos pues te dan diarrea y dos kilos que te quitas, si al final son todo ventajas.

¿Por qué se me caducan los yogures?

Verdad no lo sé, yo los compro con ilusión porque por mucho que la gente que me conoce diga que no me gustan, si que me gustan, lo que pasa es que nunca encuentro un momento para comérmelos, sé que es tontería pero me pasa, compro la docena que te venden en el super y los monto en la balda de arriba de la nevera junto a las frutas para verlos lo primero, aun así  cuando quiero comerme algo siempre ganan las frutas, van pasando los días y los yogures se siguen perpetuando en la nevera, se acaban las frutas y en lugar de empezar con los yogures me voy al super y las repongo, mientras tanto los yogures siguen ahí, expectantes, he pensado en no volver a comprarlos, porque en lo que llevo de soltera no recuerdo haberme comido un yogur dentro de la fecha de consumo, todos absolutamente todos me los he comido caducados durante los últimos tres años, me he planteado no comprarlos, pero es llegar a la sección de lácteos y mi mano de dirige sola a los yogures, es superior a mi, no me imagino mi nevera sin yogures: caducados o no, simplemente los yogures son parte de mi, por eso tampoco los tiro, me los como así sea pasados de fecha, por un lado porque no está la economía para ir tirando comida y por otro porque… no sé por qué.

El asunto del yogur se me ha quedado rondando en la cabeza y no he podido más que pensar en cuántas cosas seguimos conservando a pesar de tener clarísimo que están caducadas, de cuántas cosas dejamos caducar por el miedo a tirarlas, y de cuántas cosas más no tiramos, no usamos, pero nos negamos a que caduquen, a reconocer que ya no son aptas para el consumo, que ya no nos hacen bien. Yo por ejemplo tengo amistades caducadas de hace tiempo, bueno, cualquiera que tenga un perfil de Facebook puede saber a que me refiero: gente que es un fantasma en tu vida, compañeros de colegio que en un principio agregaste porque te hacia ilusión saber qué habría sido de ellos, se convierten en las  primeras personas a las que les bloqueaste las actualizaciones de estado, que no permites que vean tus fotos, que están ocultas pero que están, y me pregunto: ¿por qué no simplemente dar al botón de eliminar amigo?, personalmente hago “selección de personal” en Facebook cada dos o tres meses, hace un tiempo, llegué a tener unos mil “amigos”, todos eran personas que conozco, todas eran personas que en su momento aprecié y que fueron parte importante de mi vida, pero ni siquiera el diez por cien continúan en mi actual lista, he aprendido a ser más selectiva y ya no voy aceptando solicitudes a diestra y a siniestra, la gran mayoría eran personas de mi vida estudiantil, gente con la que ya no tengo nada en común, los elimino sin dolor, ya que si con el tiempo no he mantenido el contacto por algo será, conservo amigos del instituto y de la Facultad, así como la suerte de conservar una amistad desde hace 35 años, pero lo de los amigos obligatorios de Facebook me supera, me niego en rotundo,  no juzgo a quien tenga “un millón de amigos” pero creo que es simplemente inviable, que muchas de esas relaciones están caducadas y nadie se atreve a sacarlas de la nevera y tirarlas, así que simplemente compran fruta nueva por si hay antojo de dulce y dejan las amistades-yogures ahí, solo por la tranquilidad que da el saber que están y que puedes tirar de ellas si necesitas un poco de dulce a deshoras.

Luego las relaciones amorosas, en esas si que estoy completamente convencida que las guardamos en la nevera para hacer lo posible para que alarguen su vida útil, las metemos “en frío” y ahí las dejamos, quietecitas no sea que el movimiento altere sus propiedades, eso sí procuramos tocarlas de vez en cuando para sentir que todavía las tenemos, y perpetuamos amores que murieron hace meses solo por el temor a ser la primera en levantar la laminita de aluminio y ver que por dentro no hay más que moho verde que nos corroe, preferimos dejar que se siga pudriendo con la esperanza de lograr sacar penicilina de la putrefacción, y así con un poco de antibiótico, curarnos ese amor, que ya no es más que un ente vacío con un electroencefalograma plano al que nadie tiene el valor de desconectarle el respirador, no sea que por un milagro de esos que pasan por la tele, empiece a haber sinapsis en donde no hay más que conexiones seccionadas.

Los amores caducados son los más difíciles de reconocer porque claro, tu no lo ves, después de todo, nos convencemos a nosotros mismos que tampoco pasa nada, que es una racha, que todos pasamos por eso, y luego claro: se llenan silencios con comentarios de la tele, con salidas con amigos en los que cada vez somos más desconocidos, pero como estamos rodeados de gente feliz que nos ve felices intentamos perpetuarnos para ver lo que otros al parecer ven en nosotros, y empezamos a actuar con tanta facilidad que hasta nos convencemos a nosotros mismos y cada cierto tiempo recibimos un Goya mental por nuestro coprotagonismo en la historia de nuestra propia vida; hay muchos tipos de amor caducado que se niega a reconocerse, hablo por mis propias caducidades, pero también por las de mis amigas, por la insistencia que mantenemos a flote en una barca que se hunde, no tengo muy claro en por qué decidimos comer caducado en lugar de arriesgarnos a comprar, o a no comprar, al parecer ésta ultima opción es la peor, pero no lo comprendo, después de todo lo caducado tarde o temprano hiede, pero es que esperamos hasta el último momento para levantar la tirita y descubrir con horror que lo que fue una heridita se ha gangrenado y ya es imposible salvar lo que durante tanto tiempo se escondió, yo creo que es el miedo a no tener, al parecer es preferible “el malo conocido, que el bueno por conocer” y pues NO, siempre mejor el bueno por conocer, o el bueno por no conservar.

En éstos últimos meses he tirado muchos yogures emocionales, hasta he tirado algunos en fecha, porque no tiene sentido conservar por conservar lo que a otra le vendría bien, he aprendido por fin a seleccionar y ya no me quedo con las cosas por temor a no tener ninguna, por fin he aprendido que no pasa nada si no pasa nada y que hay que aprender a esperar porque las cosas con prisas nunca han sido buenas, que lo que tenga que venir: vendrá.

Mañana prepararé una tarta y me comeré los tres yogures, lo prometo.

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Éste post es parte de la saga #PostReciclados,
el original se publicó hace más de 3 años en mi otra web,
siguen siendo ciertas cada una de sus palabras.