Ni matemáticas, ni amor.

 

a_beautiful_mind_5

Hace muchos años, cuando estaba en la Facultad, salí brevemente con un chico que se enfadaba muchísimo porque, y creo que fue un detonante importante para que esa relación nunca prosperara: yo no volvía la vista atrás cuando nos despedíamos, le daba un abrazo, -que siempre he creído más honestos que los besos-, el me daba un beso dementor en un intento de quitarme hasta el último recuerdo de besos pasados, yo por mi parte: lo soltaba de la mano, me daba la vuelta y me alejaba sin mirar atrás. Es algo que siempre he hecho, jamás me ha parecido mal, este chico lo odiaba.

Soy de las que se despide y ya, dice adiós y ya está hecho, no le encuentro el sentido de volver la vista atrás, si como dirían en mi casa “adelante es para allá”, me imagino que la idea romántica de la doncella que despide a su príncipe con una lánguida mirada, que se pasea y vuelve atrás para asegurarse de que es cierto o para echar un último vistazo a su gran amor, es parte del imaginario, del inconsciente colectivo, de una ensoñación aceptada como el más grande de los axiomas.

De un tiempo para acá veo el amor como una tautología, una repetición incesante de los mismos argumentos, las mismas proposiciones que no sabemos demostrar si son válidas o no. Para demostrar proposiciones hay que aprenderse las tablas de verdad, algo que yo nunca he podido, para empezar hay que definir momentos como premisas, cosa ya de por si complicada, ¿cuál momento escoger, sobre qué base unos momentos valen más que los otros? como escoger la premisa define toda la proposición, elegimos entre el momento en que nos conocemos, el primer beso, la primera de las mariposas en el estómago, la primera discusión, la primera vez que nos planteamos abandonar pero que aún así seguimos, el día que conocimos a sus amigos o el día en que fuimos más conscientes que nunca de que jamás nos los han presentado, hay mucho de donde escoger, demasiado para mi gusto.

Para no ir más lejos, yo, que soy básicamente nula en estadística no sabría bien cuáles momentos escoger como premisas y es por éso seguramente que la mayoría de mis relaciones dan resultados matemáticamente válidos aunque estuvieran plagados de premisas negativas; de las pocas cosas que recuerdo de matemáticas era que menos por menos da más y es quizás por eso que me perpetúo en relaciones que no me aportan nada, que son como los besos dementores que me daba este chico que os cuento y que pretenden en dos momentos buenos borrar miles de malos, es como querer calentarse comiéndose un helado a -5 grados ¿no era que menos y menos daba más, entonces por qué narices yo me sigo helando?
Este año he decidido aprender estadística así sea de manera autodidacta, estadística de la de verdad, la de números y tablas, he pensado y si logro por fin comprenderlo puede que logre entender todo lo demás, es una manera de probar la teoría que nos repetía incesantemente mi profesor, aquello de que “la estadística es como la vida”, así que como buena autodidacta me he sumergido en decenas de vídeos de YouTube (no hay nada que no esté explicado en un vídeo de YouTube) si logro enterarme de algo, y encontrar premisas nuevas que definan una relación os lo cuento, me temo éso si, que una parte importante sería dejar de estar cerrada al amor.

¿Vosotros sois de estadística?, ¿se os da bien?, ¿me explicáis un poco de qué va?

Los yogures y yo.

yogurcaducado

En mi nevera hay tres yogures que caducaron el 12 de octubre, están ahí expectantes del día en que por fin me decida a comérmelos, ése día se resiste, así como yo me resisto a tirarlos.

En toda nevera de soltero que se precie al final se terminan repitiendo patrones alimenticios, en mi caso concreto consumo mucha leche y fideos de arroz, hace algunos años era la reina del atún de lata y de las salchichas de pavo dos cosas que ahora no soporto comprar, bueno el atún si, pero las salchichas no, no y no.

No sé por qué compro yogures no me gustan lo suficiente, a menos que sean de los de beber los yogures en casa siempre se caducan, por alguna razón insisto en seguir comprándolos a sabiendas de que pasarán semanas antes de decidirme a comerme alguno, ríos de tinta y cientos de conversaciones se han creado acerca de mi “manía de comprar yogures y comérmelos caducados”.

¿Por qué compro yogurt?

Honestamente no lo sé, pero estas son las excusas que me invento: te soluciona las ganas de dulce con apenas unas calorías, está siempre fresquito y tampoco es una porción considerable, sirve como tentempié y hay que reconocer que: está “hasta” bueno, aun así, tengo el superpoder de dejar caducar los yogures, es comprar yogures e irremediablemente ver como se caducan en la nevera, recientemente me comí un yogur que tenia más de 100 días caducado -que ésos tres que están en la nevera eran de un pack de 12-, era completamente consciente de la fecha de caducidad pero decidí comérmelo igual, por un lado porque empecé a comerme los yogures cuando ya había pasado casi una semana de su fecha y por otro, porque había estado investigando y los yogures caducados en concreto no hacen daño, en mi investigación acudí por supuesto al doctor Google, pero también recurrí a un amigo ingeniero químico que justamente trabaja en una planta procesadora de lácteos, así que si no me fío de la palabra de San Google, pues de la de mi amigo me fío completamente, además un poco de sentido común: si los abres, no están verdes y te saludan pues están buenos y si están malos pues te dan diarrea y dos kilos que te quitas, si al final son todo ventajas.

¿Por qué se me caducan los yogures?

Verdad no lo sé, yo los compro con ilusión porque por mucho que la gente que me conoce diga que no me gustan, si que me gustan, lo que pasa es que nunca encuentro un momento para comérmelos, sé que es tontería pero me pasa, compro la docena que te venden en el super y los monto en la balda de arriba de la nevera junto a las frutas para verlos lo primero, aun así  cuando quiero comerme algo siempre ganan las frutas, van pasando los días y los yogures se siguen perpetuando en la nevera, se acaban las frutas y en lugar de empezar con los yogures me voy al super y las repongo, mientras tanto los yogures siguen ahí, expectantes, he pensado en no volver a comprarlos, porque en lo que llevo de soltera no recuerdo haberme comido un yogur dentro de la fecha de consumo, todos absolutamente todos me los he comido caducados durante los últimos tres años, me he planteado no comprarlos, pero es llegar a la sección de lácteos y mi mano de dirige sola a los yogures, es superior a mi, no me imagino mi nevera sin yogures: caducados o no, simplemente los yogures son parte de mi, por eso tampoco los tiro, me los como así sea pasados de fecha, por un lado porque no está la economía para ir tirando comida y por otro porque… no sé por qué.

El asunto del yogur se me ha quedado rondando en la cabeza y no he podido más que pensar en cuántas cosas seguimos conservando a pesar de tener clarísimo que están caducadas, de cuántas cosas dejamos caducar por el miedo a tirarlas, y de cuántas cosas más no tiramos, no usamos, pero nos negamos a que caduquen, a reconocer que ya no son aptas para el consumo, que ya no nos hacen bien. Yo por ejemplo tengo amistades caducadas de hace tiempo, bueno, cualquiera que tenga un perfil de Facebook puede saber a que me refiero: gente que es un fantasma en tu vida, compañeros de colegio que en un principio agregaste porque te hacia ilusión saber qué habría sido de ellos, se convierten en las  primeras personas a las que les bloqueaste las actualizaciones de estado, que no permites que vean tus fotos, que están ocultas pero que están, y me pregunto: ¿por qué no simplemente dar al botón de eliminar amigo?, personalmente hago “selección de personal” en Facebook cada dos o tres meses, hace un tiempo, llegué a tener unos mil “amigos”, todos eran personas que conozco, todas eran personas que en su momento aprecié y que fueron parte importante de mi vida, pero ni siquiera el diez por cien continúan en mi actual lista, he aprendido a ser más selectiva y ya no voy aceptando solicitudes a diestra y a siniestra, la gran mayoría eran personas de mi vida estudiantil, gente con la que ya no tengo nada en común, los elimino sin dolor, ya que si con el tiempo no he mantenido el contacto por algo será, conservo amigos del instituto y de la Facultad, así como la suerte de conservar una amistad desde hace 35 años, pero lo de los amigos obligatorios de Facebook me supera, me niego en rotundo,  no juzgo a quien tenga “un millón de amigos” pero creo que es simplemente inviable, que muchas de esas relaciones están caducadas y nadie se atreve a sacarlas de la nevera y tirarlas, así que simplemente compran fruta nueva por si hay antojo de dulce y dejan las amistades-yogures ahí, solo por la tranquilidad que da el saber que están y que puedes tirar de ellas si necesitas un poco de dulce a deshoras.

Luego las relaciones amorosas, en esas si que estoy completamente convencida que las guardamos en la nevera para hacer lo posible para que alarguen su vida útil, las metemos “en frío” y ahí las dejamos, quietecitas no sea que el movimiento altere sus propiedades, eso sí procuramos tocarlas de vez en cuando para sentir que todavía las tenemos, y perpetuamos amores que murieron hace meses solo por el temor a ser la primera en levantar la laminita de aluminio y ver que por dentro no hay más que moho verde que nos corroe, preferimos dejar que se siga pudriendo con la esperanza de lograr sacar penicilina de la putrefacción, y así con un poco de antibiótico, curarnos ese amor, que ya no es más que un ente vacío con un electroencefalograma plano al que nadie tiene el valor de desconectarle el respirador, no sea que por un milagro de esos que pasan por la tele, empiece a haber sinapsis en donde no hay más que conexiones seccionadas.

Los amores caducados son los más difíciles de reconocer porque claro, tu no lo ves, después de todo, nos convencemos a nosotros mismos que tampoco pasa nada, que es una racha, que todos pasamos por eso, y luego claro: se llenan silencios con comentarios de la tele, con salidas con amigos en los que cada vez somos más desconocidos, pero como estamos rodeados de gente feliz que nos ve felices intentamos perpetuarnos para ver lo que otros al parecer ven en nosotros, y empezamos a actuar con tanta facilidad que hasta nos convencemos a nosotros mismos y cada cierto tiempo recibimos un Goya mental por nuestro coprotagonismo en la historia de nuestra propia vida; hay muchos tipos de amor caducado que se niega a reconocerse, hablo por mis propias caducidades, pero también por las de mis amigas, por la insistencia que mantenemos a flote en una barca que se hunde, no tengo muy claro en por qué decidimos comer caducado en lugar de arriesgarnos a comprar, o a no comprar, al parecer ésta ultima opción es la peor, pero no lo comprendo, después de todo lo caducado tarde o temprano hiede, pero es que esperamos hasta el último momento para levantar la tirita y descubrir con horror que lo que fue una heridita se ha gangrenado y ya es imposible salvar lo que durante tanto tiempo se escondió, yo creo que es el miedo a no tener, al parecer es preferible “el malo conocido, que el bueno por conocer” y pues NO, siempre mejor el bueno por conocer, o el bueno por no conservar.

En éstos últimos meses he tirado muchos yogures emocionales, hasta he tirado algunos en fecha, porque no tiene sentido conservar por conservar lo que a otra le vendría bien, he aprendido por fin a seleccionar y ya no me quedo con las cosas por temor a no tener ninguna, por fin he aprendido que no pasa nada si no pasa nada y que hay que aprender a esperar porque las cosas con prisas nunca han sido buenas, que lo que tenga que venir: vendrá.

Mañana prepararé una tarta y me comeré los tres yogures, lo prometo.

——
Éste post es parte de la saga #PostReciclados,
el original se publicó hace más de 3 años en mi otra web,
siguen siendo ciertas cada una de sus palabras.

No quiero tener hijos.

dink

Cuatro palabras que yo pronuncio con facilidad pero que a la gente le cuesta horrores escuchar.

Como treintañera en edad de procrear escucho constantemente el reclamo de amigos y familiares acerca de la fecha en la que por fin me voy a decidir a fotocopiarme el genoma, yo les insisto que no, que no quiero, ellos por su parte me miran con cara de superioridad mientras me dicen por lo bajito dándome palmaditas en la mano: “bueno, ya entrarás en razón, éso dices ahora pero ya se te despertará el reloj y entonces ya me contarás”, treinta y cinco años llevo esperando a que se me despierte el reloj.

Los niños me gustan: los niños ajenos, adoro a mis primos, a los hijos de mis amigas, los cuidaría a diario si pudiera, soy feliz de verlos crecer, me encanta ver como una personita descubre el mundo y me gusta ser una guía turística de cada niño que me presentan, aún así no quiero tenerlos, no es como me han dicho: miedo, egoísmo, cobardía, comodidad, inmadurez, arroz pasado, es honestidad, ¿egoísmo? egoísmo es tener un hijo porque toca.

Yo, llegado el hipotético momento quisiera tener hijos deseados no sólo bienvenidos, quisiera hijos porque los quiero tener, estar en “búsqueda y captura de críos” no en “ven que atajo este penalti”, no me preocupa lo más mínimo envejecer sola, quiero creer que soy más que la posibilidad de procrear, me niego a verme como a una incubadora genética, no es por tener más dinero ni espacio para tener más cosas, no es siquiera por mi eterno amor a dormir hasta tarde los domingos y a no variar la comida hasta que no se acaba todo lo que he guisado, no es la pereza infinita que me dan los diminutivos y la involución que veo en mis amigas cuando se quedan embarazadas o hablan con niños pequeños como si el niño en cuestión no fuera solo pequeño sino también gilipollas, no es, y mira que lo odio: escuchar a mis amigos llamarse mamá y papá aún en ausencia del crío, NO, es que simplemente no quiero.

Ayer tuve cita con la ginecóloga, tenía cita para ecografía y consulta, las dos con una hora de diferencia, he llegado pronto, sacado el ticket y me he sentado en la sala de espera; las salas de espera del ginecología son con diferencia las que menos me gustan, ni siquiera las del endocrino con toda su mala leche y sus mismas palabras que me repite cada vez me cabrean tanto como la sala de espera de ginecología. Llegas ticket en mano y buscas una silla vacía, a ser posible atrás, en las esquinas y desde donde puedas ver la pantalla que dará el número mágico que te sacará tarde o temprano de allí; cuando voy al gine procuro llevar todo lo necesario para ser lo más invisible posible, casi nunca lo logro, en la consulta del gine al parecer todas tenemos que ser super amigas y vomitar arcoiris de colores mientras vamos hablando en semanas, porque claro no hay distinción: ahí están las embarazadísimas junto a las menopáusicas, las vírgenes, las putas, las que han tenido mil hijos y las que han tenido mil abortos, las que se embarazaron porque se les rompió un preservativo y las que rompen los preservativos con la esperanza de quedarse embarazadas, ahí estamos todas en una misma mezcolanza, yo cada vez que voy me digo: a que alguna se arranca y empieza un flashmob de barrigas en cualquier momento, sigo esperando pero no pierdo la fe, algún día alguna se arrancará y yo subiré el vídeo a Youtube, esperaré porque se que ya pasará.

Otra cosa que odio de las salas de espera del gine es que parece que es pecado ir sola, hay que llevar siempre a alguien, como si fuera imposible para una sola persona subirse a una camilla, poner los pies en unos estribos y recordar la fecha de tu última regla, al ginecólogo hay que ir acompañada: yo voy sola y para más inri voy varias veces al año, tengo una patología ginecológica que me somete cada pocos meses a revisiones, así que cada pocos meses alguna me pregunta que de cuánto estoy, me gustaría contestarle: de 180 pizzas en la última década, pero como en el fondo sé que no lo hacen a mal les digo que no estoy embarazada y vuelvo rápido al libro y a los auriculares sin darles apenas tiempo a que me den una palmadita mientras me repiten que no me preocupe que ya vendrán los hijos y descubriré lo maravilloso que es ser mujer, me pregunto: qué he estado siendo estos últimos 35 años, ¿ruiseñor? a veces no soy lo suficientemente rápida y ahí están: me sueltan el discurso esperanzador pro-churumbeles que al parecer viene con la primera menstruación y del que a mi nunca me dieron una copia, lo repiten muy rápido y siempre dan los mismos argumentos, yo las escucho y las dejo ser a ver si así logro que se callen antes y que la pantalla me devuelva pronto el número que tengo cogido con tanta fuerza que ya lo tengo tatuado en la palma de la mano.

Logré salir de la sala atravesando conversaciones de pañales, episiotomías, colores de habitación, cunas y rutas de medianoche al hospital, dirigirme a la consulta, subirme yo solita a la camilla, poner los pies en los estribos y dejar que me hicieran la ecografía de este trimestre: las cosas no están saliendo como se esperaba, mi problema no solo no remite sino que se hace más grande, así que nuevamente he solicitado una ooferectomía bilateral voluntaria y llegado el caso una histerectomía, estoy completamente convencida de que yo no soy un útero y un par de ovarios, mi ginecóloga no lo tiene tan claro.

Los hijos que no tengo y que no quiero tener, me están jodiendo la vida.

Llevo años suplicando por una extirpación de mis órganos reproductivos, mis memorias de adolescencia pasan todas por consultas de ginecología, con mi primera regla a los 11 años empezó el infierno del que 24 años después no logro salir, en su momento me dijeron que era muy joven, que había opciones, que no desesperara, al final lo pruebas porque bueno, no te vas a dar por vencida siendo tan pequeña y ahí estaba yo a mis 11 años con mis pastillas anticonceptivas, yo, que perdí la virginidad a los 20 empecé a medicarme con 11, cuando llegué a la veintena y ya con varias intervenciones ginecológicas encima volví a insistir en la extirpación, me volvieron a sacar la carta de la maternidad, una maternidad que no quiero, una maternidad que no me aseguran, una maternidad “sanadora” me veo y me comparo con los niños medicamento que los padres desesperados tienen con la esperanza de tener células de cordón para salvar a su hijo mayor enfermo, me han dicho tantas veces que tener un hijo me curaría de todo, como si embarazarse fuera hacerse un “ctrl+alt+supr” orgánico, a veces escucho a los ginecólogos y los veo como informáticos en plan: pues reinicia a ver si funciona.

A los 26 decidieron retirarme la regla con la vaga esperanza de mejorarme… ¿ya os he dicho que sigo yendo al gine cada tres meses? he ahorrado en tampax éso si, pero poco más, cuando me retiraron la regla volví a sacar la carta de la extirpación, ellos volvieron a contraatacar con la maternidad, con mis hijos no natos que me cambiarán la vida, así que vuelta a hincharme a medicación, a probar cuanta cosa se les ocurría, otra vez a la casilla de salida; el día en que cumplí los treinta volví a soñar con una vida sin dolor, sin ginecólogos cada tres meses, sin llamadas a mi abuela en las que me pregunten que cuándo voy a tener hijos o que cuándo voy al gine, porque es una cosa o la otra, me dijeron que con 32 podríamos plantearnos medidas más drásticas, los 32 llegaron y se fueron, con cada año que sube el ratio en el que las mujeres tienen su primer hijo a mi me suben la edad para poder decidir acerca de MI CUERPO, los ginecólogos que visito no paran de decirme que ya mejoraré, pero es que en 24 años no he mejorado ¿qué hace falta para que me escuchen, cuántas noches más en urgencias necesito, cuántas veces más voy a tener que faltar al trabajo, a cenas con amigos, cuántos momentos de mi vida más me tengo que perder por estar tumbada retorciéndome del dolor, cuánto sufrimiento vale un útero? quiero saberlo más que nada para tener claro cuánto me falta para terminar de pagar la multa por no querer fotocopiarme el gen.

Que por otro lado: ¿para qué quieren que me lo fotocopie, quién en su sano juicio quisiera que una hija suya pasara por lo que yo llevo pasando años y años? puede que sea egoísta pero no me voy a arriesgar a tener una copia mía por ahí con mis rizos, mi lunar en la cara y mis visitas al gine cada tres meses, esto no es vida para mi, ¿por qué la querría para alguien? éso si que sería egoísmo y no lo que me dicen las que insisten en que no seré mujer hasta que no expulse un ser humano por la vagina, si ser mujer se mide en visitas al ginecólogo yo soy más mujer que las que han parido diez hijos.

La ginecóloga de ayer me sacó más de mis casillas que cualquiera de los cientos de ginecólogos que he visitado en éstos 24 años, me ha dicho textualmente: “el dolor no será tanto, ni caso, que no se puede ser tan drástico, además las mujeres tenemos el don de dar vida y no deberíamos rechazarlo”, tócate los pies, una ginecóloga pro-vida me salió, pero es que yo no quiero matar un churumbel que tenga dentro, yo no quiero interrumpir un embarazo, lo que quiero es que mi útero vacío deje de sufrir, y si es pro-vida ¿mi vida no vale tanto como las de mis hijos no-natos, tengo que seguir viviendo así porque puede que en un futuro la fotocopiadora genética que tengo dentro se activará y me entrarán unas ganas frenéticas de procrear?

Por lo pronto hoy he estado haciendo gestiones para conseguir que me vea otro ginecólogo y bien, me de opciones viables que incluyan conservar mis órganos intactos, o que corte por lo sano, pero por otro lado voy a abrir una cuenta de ahorros, le doy un año más de mi vida, una última oportunidad antes de pagarme por la privada lo que la Seguridad Social insiste en negarme, lo que es una pena es que en las épocas que corren no tengas derecho sobre ti misma, así como triste es tener que justificar una forma de ver la vida, tan valiosa es una persona que decide procrear y sacar adelante un hijo, como las que decidimos no tenerlos, yo no escojo por ellas, nadie debería escoger por mi.

Ilustración de Joan Turu.

Ilustración de Joan Turu.

La sorpresa: un año después.

love actually

Voy a cumplir nueve años lejos de casa, nueve años intensos en los que he crecido como persona, he llorado de felicidad, he reído hasta hartarme, he conocido gente que serán para siempre parte de mi vida, nueve años en los que he sido feliz, muy feliz, pero también son nueve años en los que he crecido lejos de casa, en los que he llorado de dolor, he reído bajito, he dejado atrás parte de mi misma, he crecido pero no he visto crecer a aquellos a quienes quiero, nueve años…lejos.

Si miro atrás en el tiempo, volvería a irme: aquí soy feliz y aquellos que me quieren saben que lo soy, así que ellos son felices por mi, así sea con el corazón en la mano, yo soy feliz por ellos, aunque mis abrazos sean de pantalla de ordenador y mis besos sean de mensajes en buzones de voz, aunque mi versión de las “infusiones sanadoras” que me preparaba mi madre para los dolores, no sean más que agua caliente del microondas, soy feliz aunque haya conocido personas que han intentado robarme esa felicidad y lo hayan logrado durante un tiempo, soy feliz, feliz en la distancia que es un poco ser feliz a medias, pero feliz después de todo.

Soy una persona muy solitaria, estoy bastante a gusto conmigo misma, puedo pasar días enteros sin salir de casa, el estar lejos nunca me ha supuesto un dilema, me fui de casa muy  pronto, he tenido la suerte de nacer en una familia que cree que tenemos que volar con nuestras propias alas y jamás nos las ha cortado, he crecido en una familia que me enseñó que todo lo que se siembra al final da frutos, que siempre ha apostado por mi, que siempre ha creído que yo tengo el boleto ganador en la lotería de la vida, es por éso que mi familia está “regada por el mundo” yo estoy aquí y estoy sola, ellos están allí pero están conmigo.

Aún así llega un momento en que los abrazos de LED no te calientan, que los besos de audio no te reconfortan, hay momentos en los que hay que volver, volver para recargar, volver para abrazar. Hoy hace un año que decidí que ya estaba bien de pasar navidades lejos de los míos, que ocho años sin vivir una navidad en casa eran suficientes, en un ataque de visceralidad de ésos que todos tenemos a veces y con la planilla del trabajo en la mano: empecé a mover hilos para poder irme a casa durante por lo menos quince días en diciembre, me senté frente a una hoja de papel y empecé a crear posibilidades, mi bolígrafo apenas podía seguir a la velocidad con la que se movía mi mente, comencé por poner en un lado todos los turnos que tendría que cambiar y en la otra columna las opciones de personas que me los podrían cubrir, para ésa época yo trabajaba en un sitio que requería meses de preparación con lo que mis posibilidades se reducían a cuatro o cinco personas, así que para que todo saliera bien cada una me tenía que cubrir por lo menos dos días incluida la mañana de nochebuena…lo tenía crudo, pero como no tenía nada que perder: lo intenté.

Llamé primero a aquella que me podría hacer la mañana de nochebuena, de ella dependía todo, si decía que no, no importaría lo que dijeran los demás yo no podría viajar y el abrazo con mi madre se postergaría otro año, la llamé con el corazón en la garganta, según la planilla ella tenía libres cinco días y yo no podía devolverle un día posterior así que si yo viajaba ella no, aún así la llamé: me contó que se iba a ir a Londres para visitar a su hijo…pero que no le importaba coger un vuelo el 24 por la tarde, que ella tenía a su hijo a menos de una hora y yo a mi madre a miles de kilómetros, que si estaba en sus manos ese año yo abrazaba a mi madre sí o sí.

Primer reto conseguido, así que con las fuerzas recargadas seguí llamando a mis compañeros, explicándoles mis razones y diciéndoles que aunque ellas me harían el turno cuando yo más lo necesitaba, yo solo podría devolvérselos en unos días concretos porque al finalizar mi contrato el 31 de diciembre no podía dejar turnos sin devolver, así que no solo me estaban haciendo un favor, un enorme favor: me hacían un turno cuando yo lo quería y yo les devolvía cuando podía con lo cual, no estaban ganando absolutamente nada, yo lo sabía, ellas también, aún así: ninguna se negó, bueno una sí pero no todo podía ser color de rosa, cuando una se negó empecé a devolver llamadas para cancelarlo todo, el plan se basaba en conseguir un imposible, en conseguir que cinco personas me hicieran 12 turnos, yo sabía que era un imposible pero como en casa siempre me han enseñado que todo se puede y que por lo menos hay que intentarlo éso había hecho, había luchado y había perdido ¡pero había luchado!

La tercera compañera que llamé para decirle que ya no iba a necesitar el turno, me contestó que no se me ocurriera dar marcha atrás que ella cubría ésos dos días mi turno y el suyo, que haría dos días seguidos turnos de 14 horas pero que me fuera, que por favor me fuera, nunca le agradeceré lo suficiente.

Salí de casa hacía la agencia de viajes, no tenía dinero para el billete pero éso irónicamente no me preocupaba, había conseguido coordinar los turnos, el dinero no iba a ser lo que me impidiera viajar, me planté en la agencia y les dí fechas, les dije que no tenía dinero y que me lo tendrían que financiar en su totalidad, que el 31 de ése mismo mes me quedaría sin trabajo pero que podían estar seguros de que les pagaría el billete así fuera lo último que hiciera, me lo financiaron.

Habían pasado solo 45 minutos desde que puse el plan en marcha y el momento en el que tuve el billete en la mano, ahí fui consciente de la que había montado, de lo que suponían ésos dos folios impresos que tenía en el bolso, en ése momento me dí cuenta que pasaría las navidades en casa, es como cuando en el trabajo hay una emergencia: te pones en piloto automático, todo tu cuerpo funciona por inercia, sabes lo que tienes que hacer no hay tiempo de pensarlo, el cuerpo recuerda y actúa, ya después cuando llega la calma tienes tiempo de sentir, pero por el momento hay que actuar, éso me pasó; cuando llegué a casa y abrí el bolso me di cuenta de lo que había pasado, la emoción me desbordó y lloré, unas lágrimas dulces, muy dulces esta vez.

Tenía el billete para el 10 de diciembre así que en nueve días tendría que hacer los turnos de todo un mes, los míos y todos los que me iban a hacer, literalmente me fui a vivir al trabajo, turnos de 14 y 21 horas, las pocas horas que no estaba trabajando las utilizaba para organizar la maleta, comprar regalos, coordinar todo lo necesario, engañar a mi madre: decidí que todo iba a ser una sorpresa, así que inicié conversaciones por whatsapp con mis ex-compañeras de la Facultad les conté el plan y les dije que necesitaría que alguna me fuera a buscar al aeropuerto, por supuesto encontré chófer en dos segundos. A mi madre le conté que tenía una compañera del trabajo que se pasaría por allí con la intención de un Congreso y que no le importaba llevarle unos regalitos míos (así conseguí que me dijeran ella y mis hermanos lo que querían por navidad) me puse como no, de acuerdo con mi compañera y le enviamos su foto para que pudiera saber cómo era “ya que iba a ir a verla”, días después y para asegurarme de tenerla en un sitio concreto le dije que a mi amiga la irían a buscar y que ella le llevaría las cosas a casa de la abuela, que la esperara entonces allí (así yo mataba dos pájaros de un solo tiro y daba una sorpresa generalizada, no le había contado a nadie de mi familia que iría: era la única forma de asegurarme que nadie se enteraría) mis cómplices eran compañeras de la Facultad y alguno que otro personaje de Twitter, después de todo necesitaba que alguien en casa tuviera los datos de mis vuelos, que uno nunca sabe.

Dos días antes el pie me empeoró considerablemente, el médico me dijo que necesitaba parar unos días, yo no podía estar de baja o no podría hacer los turnos y mucho menos salir del país así que el último turno que hice antes de viajar fue sin duda uno de los peores que he tenido en mucho tiempo, al finalizar no podía ni apoyar y una compañera tuvo que llevarme a casa, mi plan era aprovechar ésa última noche para terminar de hacer la maleta pero en las condiciones en las que estaba no podía hacer mucho así que mi amiga me ayudó y en menos de diez minutos “embutimos” las cosas en las maletas porque decidimos que lo mejor era dormir en su casa: por si necesitaba algo, por si empeoraba estuviera acompañada, pero sobre todo por si los nueve días que llevaba casi sin dormir pasaran factura y perdiera el vuelo por quedarme dormida, llegamos a su casa sobre la media noche, estuve organizando la maleta hasta casi las dos, tenía el vuelo a las 9 así que tendría que estar en el aeropuerto a las 6:30 una noche más que apenas dormía, pero tendría 12 horas de vuelo por delante, dormir era lo último que me preocupaba.

Recuerdo subirme al avión, relajarme por primera vez en días y caer profundamente dormida, las auxiliares de vuelo me despertaban para las comidas, yo comía y volvía a dormir, horas después estaba en mi ciudad, el vuelo llegó a tiempo pero las maletas se tardaron una eternidad en salir, sabía que no había nadie de mi familia detrás de las puertas de cristal pero veía sus rostros en rostros ajenos, veía reencuentros y abrazos, era feliz por aquellos que se reunían con los suyos después de quien sabe cuánto tiempo, inventaba historias en mi cabeza, intentaba adivinar quien iría a buscar a quien, me decía: el niño de rojo ha de ser hijo de la señora con rulos de la cinta de atrás, me apostaba a mi misma quién era pareja de quién, leía letreros de “bienvenido” hechos con macarrones y purpurina, veía abrazos y lágrimas de felicidad, reencuentros esperados por quién sabe cuánto tiempo, anticipaba el mío mientras esperaba y sonreía con el corazón.

Casi una hora después por fin estaba fuera del aeropuerto, solo diez minutos me separaban del abrazo de mi madre, durante tres semanas no habría besos de buzón de voz, abrazos de LED, sopas de sobre o infusiones sanadoras de microondas, durante tres semanas habría felicidad pura y dura.

Aparcamos frente de casa y toqué el timbre: me abrieron dos de mis primos que no supieron decir nada, unos segundos después mi madre bajaba las escaleras y su grito de felicidad retumbaría hasta mi vacía casa al otro lado del mundo, su grito alertaría a los demás y en menos de un minuto me encontraba dando todos los abrazos que tenía pendientes durante años, mi madre no me soltaba como si quisiera asegurarse de que era cierto, me riñeron por supuesto ¡¿cómo no avisaste?, ésas cosas no se hacen! eran las palabras que más me repetían, me reñían un segundo, pero como a mí: la felicidad hacía que el enfado fuera a menos.

Tres semanas estuve en casa, tenía vuelo de regreso el 29, tenía que volver el 30 por si me renovaban en el trabajo estar aquí para firmar el contrato, estuve solo tres semanas pero me sirvieron para cargar el corazón de felicidad para meses y meses. Este año no iré, no es un coste que me pueda permitir todos los años, intentaré si se puede ir el año que viene, este año volveré a tener una Navidad compartida por pantallas de LED, a escuchar besos en mensajes de voz, a compartir cenas de navidad a deshoras, a adornar la casa para uno, este año trabajo de mañana con lo que no tendré guardia de Nochebuena y como nuevamente se me acaba el contrato el día 31 tampoco me pueden poner guardia de Nochevieja, así que este año estaré en casa sola, celebrando dos veces la navidad: a mi hora y a la suya, lo que me dará la oportunidad de sonreír el doble de veces, por lo pronto y a pesar de que con todo lo que me ha pasado este año y el haberme tenido que cambiar a un piso más pequeño, he encontrado un espacio para el Belén y así he acercado un poco mi familia a casa, mañana encontraré la manera de poner el árbol aunque para ello tenga que quitar la mesa del comedor.

Este post es una celebración, una celebración del amor que siento por los míos, los míos de sangre y los míos de corazón, una celebración del amor que les profeso y del que me profesan a mi, una celebración y un homenaje: por todos aquellos que me permiten ser parte de su vida y que me hacen un huequito en sus corazones, por aquellos que me vieron crecer y me dejaron marchar y por aquellos que me ven ser la persona que quiero ser dejándome entrar, por los de allí y por los de aquí, porque sois vosotros quienes me hacéis grande aunque siga midiendo 1,50 porque mi familia es inmensa y está en todas partes.

 

¡CANAS!

Tengo el pelo negro, pero negro ¡negro!, negro en plan oscuridad absoluta, o en plan segundo después de que tu novio con el que llevabas diez años te dice que mejor lo dejan, negro como la nómina que nunca llega a ver el fin de mes o negro como la pantalla del móvil conforme se va quedando sin batería o ya puestas: como las esperanzas que tiene mi madre de llegar a hacerse abuela porque yo me decida por fin a fotocopiarme el gen, vamos lo que viene siendo: negro.

Mi pelo negro azabache siempre me ha encantado -pausa para cubrir con un tupido velo el momento de enajenación mental en la que en la veintena me pinté durante meses el pelo de castaño, madre mía que no daba trabajo ni nada éso, lo dejé por caro y porque me hacía parecer demasiado joven, pero sobre todo: por caro, vamos a sincerarnos- quitando ésa vez nunca me he decidido a teñirme porque me da miedo destrozarmelo con productos ya que la peluquera me había dicho que al tenerlo tan oscuro la única forma de cambiarle el color sería con una decoloración y yo por ahí no paso.

Ya las venía yo viendo sutilmente aparecer, un pelo clarito por allí, una luz que se reflejaba por allá, pero este finde me di cuenta de que me estaban colonizando, LAS CANAS, las canas se querían adueñar de mi cabeza, ¡habrase visto: en mi cabeza de treintañera! que poco respeto por favor, ¡que poco respeto!

El caso es que están aquí: las canas chan chan chaaaaaaaaaaaaaaaan.

whyjoey

Esta era una situación que no pretendía permitir, tengo el pelo demasiado negro y cualquier canita sobresale cual albino en Nigeria, pero como también soy casi una virgen capilar, decidí tirar de whatsapp para preguntar a mis amigas cuáles tintes eran mejores o si lo de la Henna esta funcionaba, ya me veía pintándome con edding negro las canas una a una, todo menos pasar por la decoloración, que a mi no me hace falta más que ver a Shakira para olvidarme de la decoloración, diréis lo que queráis pero a mi me gustaba más con el pelo negro y no con ése rubio que me da la sensación que es más paja que pelo, pero para gustos: los colores.

Con la caja en mano me decidí a leer dos veces el prospecto, como si de medicación se tratara, mis amigas me dijeron que era una cosa que podía hacer perfectamente en casa: les creí y me puse a ello, empecé buscando una camiseta de un ex de las que todavía tenía en casa  que no me importara manchar, y luego procedí a empapelar mi cuarto de baño -algún día os hablaré de las proporciones de mi cuarto de baño- para no mancharlo todo, porque la caja ponía que no goteaba pero yo me conozco, yo me conozco.

Todo parecía muy fácil: mezclar el bote A con el B y pasar por el pelo en pequeños mechones de 2cms, dejar actuar durante 25 minutos, lavarse el pelo con el bote C y ser feliz sin canas, todo muy fácil, si lo decía el Dr yo le creería:

drfine

-Mezclar bote B en recipiente A conseguido.

– Pasar la mezcla por el pelo en pequeños mechones de 2cms, (y de paso que te convaliden el curso de Yoga, Pilates, Taichi, Contorsionismo y todo lo que incluya pasarse el dichoso botecito por los pelos del occipital mientras intentas no manchar el espejo ni poner la mezcla en el toallero antes que en la cabeza): conseguido.

– Pasar los 25 minutos en los que tiene que actuar el producto tratando de quitarte los manchurrones de la cara, los brazos, el cuello y los azulejos del baño: conseguido.

– Sacarse el máster en contorsionismo mientras intentas quitarte la dichosa camiseta sin volverte a pintar la cara con el menjurje: medianamente conseguido.

– Meterte en la ducha para quitarte el potingue mientras ves con total desolación que se mancha la cortina blanca del baño y que el agua sale negra en plan “llevo trabajando toda la vida en un pozo petrolífero y yo sin saberlo”: super conseguido.

– Esperar casi diez minutos hasta que la dichosa agua sale medianamente “menos negra” para poderte ponerte el bote C y terminar por fin con este calvario: conseguido.

– Recogerte el pelo y tardar casi veinte minutos lavando el baño antes de que las manchas se incrusten de verdad por los azulejos, quitar la cortina y meterla a la lavadora, limpiar el lavabo, recoger los materiales, abrir las ventanas para que se vaya la peste, ver que tienes aún color negro en las orejas, untarte leche limpiadora hasta la médula, darte cuenta que las uñas las tienes más o menos igual, lavarte como para una operación de corazón abierto: vale, lo doy por conseguido.

Todo esto ha sido ayer, esta mañana al hacer la cama me he dado cuenta que hay manchitas de negro en la almohada, así que hoy pondré una toalla por si acaso.

¿Merece la pena? seguramente no, pero yo me quedo un poco más tranquila al no ver las canas asomando tan precozmente por mi cabeza, soy completamente consciente de que no es una solución definitiva, pero ya me iré acostumbrando, lo que no entiendo es por qué todas de frente ¿es que nadie les enseñó técnicas de espionaje, nadie les dijo que hay que ir primero por dónde a uno no lo vean, que si se hubieran quedado detrás hubiera pasado de ellas olímpicamente?

De una cosa si estoy “casi” segura y es de que la próxima vez que tenga que pasar por esto, buscaré una amiga que me ayude o directamente me iré a la pelu, que no merece la pena ahorrase el dinero si voy a tener que pagar en tiempo y desvaríos el no tener ni puñetera idea de “tintología capilar”.

Aún así:

beauty