Problemas “gordos”, Sanidad Desnutrida.

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Soy profesional sanitario, estoy gorda. Cuesta, la verdad que cuesta lo suyo aunar ésos dos conceptos, parece ser que si eres personal Sanitario has de saber de todo, pues bien: yo no sé de todo.

Llevo 16 años dedicados a la Sanidad y aún sigo sin dominar mi propia categoría profesional, como para meterme a aplicar la de otros, irónicamente es lo que espera de nosotros el Ministerio de Sanidad con su política de no contratación de Dietistas-Nutricionistas, espera que todos en materia de nutrición tengamos algo que decir; te dan “consulta nutricional” en enfermería, en talleres de ergonomía, en fisioterapia, en consultas de traumatología, en, como una vez me pasó: la consulta de rehabilitación, había acudido cuando empecé el viacrusis del tobillo (que al final y después de casi tres años va a terminar en cirugía) y  la rehabilitadora me dio una de ésas dietas mil veces fotocopiada para que la siguiera sin más, una dieta tipo, una dieta desordenada, que no solicité y que nunca seguí, era una dieta disociada de ésas que tuvieron su furor a mediados de los noventas, con nombre de médico e infinita publicidad gratuita a base de estrellas de televisión.

En éstos 16 años he visto a compañeros de múltiples especialidades dar a los pacientes consejo nutricional apoyados solamente en las famosas dietas mil veces fotocopiadas, en todo éste tiempo ni como profesional ni muchos menos como paciente me he encontrado con Dietistas en la consulta, planta o servicio especial del hospital y mucho menos en atención primaria, lo sufro desde los dos lados: como profesional al que acuden usuarios en busca de consejo, un consejo que yo no puedo darles con propiedad y como paciente al que también se me niega el derecho básico a una atención especializada para mi dolencia. Si el corazón, los pulmones, el hígado, la piel tienen sus especialistas y no se nos pasaría por la cabeza por ejemplo enviar a un hombre con problemas de rodilla a la consulta del oftalmólogo, si que enviamos -me envían- a obesos, diabéticos, hipertensos y un largo etcétera a consultas de nutrición impartidas por profesionales que NO son los adecuados.

Todos en el mismo saco.

El paciente del que se habla en casi toda la literatura es un hombre blanco, sano, de mediana edad y unos 70 kilos de peso, en base a ése hombre ficticio se han venido elaborando cientos de teorías en todas las especialidades médicas y antropológicas, éstos datos por supuesto se basan en literatura que no suele corresponder con el hombre ficticio español, aún así seguimos las mismas pautas que se nos han marcado, en nutrición no hay mucha diferencia, la cosa es ¿qué pasa cuando no somos el hombre ficticio de la literatura?

Os cuento mi caso: estoy gorda, soy celiaca, hipotiroidea, alérgica al huevo e intolerante a lactosa aún así cada vez que he ido al endocrino, o a la consulta de obesidad ya sea del hospital en el que trabajo, mi centro de salud o mi hospital de referencia, en todas las ocasiones he salido con una dieta “tipo” en la que el desayuno está compuesto por una pieza de fruta, 200ml de leche y 40gr de pan o 6 galletas tipo María, en todas las ocasiones me han dicho “tu cambia lo que creas que no puedes comer”.

A pesar de que en cuestiones de alergias se ha avanzado bastante aún hay mucho desconocimiento del tema por cientos de profesionales, yo personalmente me he encontrado en ésas consultas de obesidad con personas que me dicen: “lo de la intolerancia es una tontería, se es alérgico o no se es, y si no se es: pues se come” y se quedan tan panchos oye, me ha costado Dios y ayuda hacer entender en la cafetería del hospital que existen desayunos sin gluten, huevo, leche o mermelada, por lo pronto, y ésto es algo de lo que me siento muy orgullosa, he logrado que haya pan sin gluten en la cafetería (si, hay que llamar con 20 minutos de antelación para que te lo horneen porque son congelados, pero chico que menos da una piedra) éso para mi es un gran avance del que os hablaré otro día para no desviarme del tema.

¿Y la prevención?

En Sanidad somos muy de atacar el problema y menos de prevenirlo olvidándonos muchas veces que es justo en la prevención en donde más campo de acción y más población podríamos sanar sin esperar a tener que atacar, sobresale de nuevo la importancia de contar con  los profesionales idóneos para desarrollar correctamente ésa tarea. Si por cada euro invertido en asesoramiento nutricional se ahorran 50€ en tratamientos posteriores ¿no merece la pena hacerlo? Cientos de patologías deben ser tratadas desde el ámbito nutricional y aún así se las deja de lado, miles de niños crecen sin apoyo nutricional desde las consultas de pediatría o los comedores escolares, los ejemplos son infinitos, necesitamos especialistas en nutrición dentro del Sistema Nacional de Salud.

La falta de opciones.

En mi caso particular y ante la imposibilidad de encontrar un profesional dentro de la Sanidad Publica que pueda efectivamente y con todas las herramientas necesarias acompañarme en el proceso de pérdida de peso me he inclinado por un nutricionista privado que identifica mis carencias nutricionales y enfoca el proceso multidisciplinar que es la pérdida de peso a mis necesidades individuales, que no me da dietas tipo mil veces fotocopiadas y que adapta mi tratamiento a mi vida; elegir un nutricionista privado para mi nunca ha sido una opción, siempre ha sido una falta de opciones, yo que trabajo y lucho por una Sanidad Publica, pago un nutricionista privado porque siento que tengo las manos atadas y ésa es la razón por la que me he unido a Dietética Sin Patrocinadores y levanto la voz, por la que cedo un espacio en éste sitio y os animo a que vosotros hagáis lo propio, porque la Sanidad Publica debería tener entre sus filas a profesionales de la nutrición, porque estamos hartos de la falta de opciones. porque algo falla en nuestra sanidad y está en nuestras manos poder solucionarlo.

¿Cómo? 

Desde Dietética sin Patrocinadores, se está convocando una manifestación para el próximo 10 de mayo a medio día frente al Ministerio de Sanidad (Paseo del prado, 18)

Podéis leer aquí el manifiesto, el momento de actuar es AHORA.

Los yogures y yo.

yogurcaducado

En mi nevera hay tres yogures que caducaron el 12 de octubre, están ahí expectantes del día en que por fin me decida a comérmelos, ése día se resiste, así como yo me resisto a tirarlos.

En toda nevera de soltero que se precie al final se terminan repitiendo patrones alimenticios, en mi caso concreto consumo mucha leche y fideos de arroz, hace algunos años era la reina del atún de lata y de las salchichas de pavo dos cosas que ahora no soporto comprar, bueno el atún si, pero las salchichas no, no y no.

No sé por qué compro yogures no me gustan lo suficiente, a menos que sean de los de beber los yogures en casa siempre se caducan, por alguna razón insisto en seguir comprándolos a sabiendas de que pasarán semanas antes de decidirme a comerme alguno, ríos de tinta y cientos de conversaciones se han creado acerca de mi “manía de comprar yogures y comérmelos caducados”.

¿Por qué compro yogurt?

Honestamente no lo sé, pero estas son las excusas que me invento: te soluciona las ganas de dulce con apenas unas calorías, está siempre fresquito y tampoco es una porción considerable, sirve como tentempié y hay que reconocer que: está “hasta” bueno, aun así, tengo el superpoder de dejar caducar los yogures, es comprar yogures e irremediablemente ver como se caducan en la nevera, recientemente me comí un yogur que tenia más de 100 días caducado -que ésos tres que están en la nevera eran de un pack de 12-, era completamente consciente de la fecha de caducidad pero decidí comérmelo igual, por un lado porque empecé a comerme los yogures cuando ya había pasado casi una semana de su fecha y por otro, porque había estado investigando y los yogures caducados en concreto no hacen daño, en mi investigación acudí por supuesto al doctor Google, pero también recurrí a un amigo ingeniero químico que justamente trabaja en una planta procesadora de lácteos, así que si no me fío de la palabra de San Google, pues de la de mi amigo me fío completamente, además un poco de sentido común: si los abres, no están verdes y te saludan pues están buenos y si están malos pues te dan diarrea y dos kilos que te quitas, si al final son todo ventajas.

¿Por qué se me caducan los yogures?

Verdad no lo sé, yo los compro con ilusión porque por mucho que la gente que me conoce diga que no me gustan, si que me gustan, lo que pasa es que nunca encuentro un momento para comérmelos, sé que es tontería pero me pasa, compro la docena que te venden en el super y los monto en la balda de arriba de la nevera junto a las frutas para verlos lo primero, aun así  cuando quiero comerme algo siempre ganan las frutas, van pasando los días y los yogures se siguen perpetuando en la nevera, se acaban las frutas y en lugar de empezar con los yogures me voy al super y las repongo, mientras tanto los yogures siguen ahí, expectantes, he pensado en no volver a comprarlos, porque en lo que llevo de soltera no recuerdo haberme comido un yogur dentro de la fecha de consumo, todos absolutamente todos me los he comido caducados durante los últimos tres años, me he planteado no comprarlos, pero es llegar a la sección de lácteos y mi mano de dirige sola a los yogures, es superior a mi, no me imagino mi nevera sin yogures: caducados o no, simplemente los yogures son parte de mi, por eso tampoco los tiro, me los como así sea pasados de fecha, por un lado porque no está la economía para ir tirando comida y por otro porque… no sé por qué.

El asunto del yogur se me ha quedado rondando en la cabeza y no he podido más que pensar en cuántas cosas seguimos conservando a pesar de tener clarísimo que están caducadas, de cuántas cosas dejamos caducar por el miedo a tirarlas, y de cuántas cosas más no tiramos, no usamos, pero nos negamos a que caduquen, a reconocer que ya no son aptas para el consumo, que ya no nos hacen bien. Yo por ejemplo tengo amistades caducadas de hace tiempo, bueno, cualquiera que tenga un perfil de Facebook puede saber a que me refiero: gente que es un fantasma en tu vida, compañeros de colegio que en un principio agregaste porque te hacia ilusión saber qué habría sido de ellos, se convierten en las  primeras personas a las que les bloqueaste las actualizaciones de estado, que no permites que vean tus fotos, que están ocultas pero que están, y me pregunto: ¿por qué no simplemente dar al botón de eliminar amigo?, personalmente hago “selección de personal” en Facebook cada dos o tres meses, hace un tiempo, llegué a tener unos mil “amigos”, todos eran personas que conozco, todas eran personas que en su momento aprecié y que fueron parte importante de mi vida, pero ni siquiera el diez por cien continúan en mi actual lista, he aprendido a ser más selectiva y ya no voy aceptando solicitudes a diestra y a siniestra, la gran mayoría eran personas de mi vida estudiantil, gente con la que ya no tengo nada en común, los elimino sin dolor, ya que si con el tiempo no he mantenido el contacto por algo será, conservo amigos del instituto y de la Facultad, así como la suerte de conservar una amistad desde hace 35 años, pero lo de los amigos obligatorios de Facebook me supera, me niego en rotundo,  no juzgo a quien tenga “un millón de amigos” pero creo que es simplemente inviable, que muchas de esas relaciones están caducadas y nadie se atreve a sacarlas de la nevera y tirarlas, así que simplemente compran fruta nueva por si hay antojo de dulce y dejan las amistades-yogures ahí, solo por la tranquilidad que da el saber que están y que puedes tirar de ellas si necesitas un poco de dulce a deshoras.

Luego las relaciones amorosas, en esas si que estoy completamente convencida que las guardamos en la nevera para hacer lo posible para que alarguen su vida útil, las metemos “en frío” y ahí las dejamos, quietecitas no sea que el movimiento altere sus propiedades, eso sí procuramos tocarlas de vez en cuando para sentir que todavía las tenemos, y perpetuamos amores que murieron hace meses solo por el temor a ser la primera en levantar la laminita de aluminio y ver que por dentro no hay más que moho verde que nos corroe, preferimos dejar que se siga pudriendo con la esperanza de lograr sacar penicilina de la putrefacción, y así con un poco de antibiótico, curarnos ese amor, que ya no es más que un ente vacío con un electroencefalograma plano al que nadie tiene el valor de desconectarle el respirador, no sea que por un milagro de esos que pasan por la tele, empiece a haber sinapsis en donde no hay más que conexiones seccionadas.

Los amores caducados son los más difíciles de reconocer porque claro, tu no lo ves, después de todo, nos convencemos a nosotros mismos que tampoco pasa nada, que es una racha, que todos pasamos por eso, y luego claro: se llenan silencios con comentarios de la tele, con salidas con amigos en los que cada vez somos más desconocidos, pero como estamos rodeados de gente feliz que nos ve felices intentamos perpetuarnos para ver lo que otros al parecer ven en nosotros, y empezamos a actuar con tanta facilidad que hasta nos convencemos a nosotros mismos y cada cierto tiempo recibimos un Goya mental por nuestro coprotagonismo en la historia de nuestra propia vida; hay muchos tipos de amor caducado que se niega a reconocerse, hablo por mis propias caducidades, pero también por las de mis amigas, por la insistencia que mantenemos a flote en una barca que se hunde, no tengo muy claro en por qué decidimos comer caducado en lugar de arriesgarnos a comprar, o a no comprar, al parecer ésta ultima opción es la peor, pero no lo comprendo, después de todo lo caducado tarde o temprano hiede, pero es que esperamos hasta el último momento para levantar la tirita y descubrir con horror que lo que fue una heridita se ha gangrenado y ya es imposible salvar lo que durante tanto tiempo se escondió, yo creo que es el miedo a no tener, al parecer es preferible “el malo conocido, que el bueno por conocer” y pues NO, siempre mejor el bueno por conocer, o el bueno por no conservar.

En éstos últimos meses he tirado muchos yogures emocionales, hasta he tirado algunos en fecha, porque no tiene sentido conservar por conservar lo que a otra le vendría bien, he aprendido por fin a seleccionar y ya no me quedo con las cosas por temor a no tener ninguna, por fin he aprendido que no pasa nada si no pasa nada y que hay que aprender a esperar porque las cosas con prisas nunca han sido buenas, que lo que tenga que venir: vendrá.

Mañana prepararé una tarta y me comeré los tres yogures, lo prometo.

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Éste post es parte de la saga #PostReciclados,
el original se publicó hace más de 3 años en mi otra web,
siguen siendo ciertas cada una de sus palabras.