Placeres culposos

placer culposo

“No se trata de un placer culpable por mi parte, simplemente debido a que no creo en los placeres culpables. El esnobismo es justamente la cara pública de la inseguridad. A uno le gusta lo que le gusta, y no debería sentirse culpable en relación con sus intereses o pasatiempos”.

James Kakalios – La Física de los superhéroes. 

No pude evitar pensar en mis propios placeres culposos al encontrarme con la frase de Kakalios cuando leía su maravilloso libro, yo, que en cientos de oportunidades he despreciado las artes de los números, yo que volvería a pasar por neuroanatomía y por las horribles prácticas de las morfosiologías (todas ellas)  si con éso lograra retroceder en el tiempo para no tener que ver nunca las asignaturas de números (biofísica, estadística, análisis de datos, psicometría) a mí que me costó lo mío aprobarlas, ahora me descubro leyendo acerca de física así sin razón alguna, por el placer de saber; si al final va a ser cierto que con los años maduramos y que tarde o temprano aprendemos lo que nos negamos a aprender en su momento.

Los placeres culposos son parte de nosotros mismos, de un inconsciente colectivo que se nombra a media voz, que sobrevive en las sombras y nos regala las sonrisas más honestas, los bailes más ridículos y nos recarga de energía cuando estamos un poco decaídos. Mis placeres culposos, como los de casi todos, son realmente tonterías que no sé por qué no se hacen públicas, me imagino que por el temor ridículo que nos infundieron en la adolescencia de no encajar si llegamos a confesarlos y que en la adultez nos parecen tan inconfesables que terminamos reservándolos para nosotros mismos; de ahí viene la culpa, de esconder a los demás nuestras pequeñeces, de escondernos a plena vista, pues sabes que os digo: que yo ya pasé la adolescencia, he aprendido o por lo menos estoy tratando de aceptarme y quererme como soy y éso incluye mis peculiaridades, te suelto algunas:

No tengo niños ni planeo tenerlos, pero me veo cuanta película para público infantil hayan sacado, si, hasta las de animales que tenían aventuras y hablaban que tuvieron tanto auge en los noventas (léase: volviendo a casa, Babe, la telaraña de Charlotte y un infinito etcétera), me gusta también el teatro infantil y a veces convenzo a mis amigas con hijos para que vayamos porque “a tus niños les vendría muy bien”.

¿Sabes ésa frase de: sonríe ¡éso les confundirá!? pues de vez en cuando salgo a la calle y voy sonriendo a desconocidos al azar, o si estoy de un lado de la acera y un autobús o el metro para, en cuanto arranca me despido emocionada así no conozca a nadie, pienso que: o pensarán que estoy loca y sonreirán por ello, o pensarán que los he confundido con otro y sonreirán igual, de cualquier manera sonríen y es ahí donde ganamos todos.

A veces voy por la calle diciéndole a la gente que me encanta su camiseta, pienso que les alegrará el día.

Me gustan mucho los superhéroes, tengo una lista de los poderes que me gustaría tener, la voy cambiando constantemente, empecé  con éste y ya fue un no parar.

Out of this world

Eve Garland.

Me sé todo el discurso de “Rings of Akhaten” y el de “Vincent and the Doctor”  éste último que considero el mejor capítulo de una serie que he visto en toda mi vida, uno que no me canso de repetir, no soy nada imparcial por supuesto, Dr Who es mi serie favorita, Vicent Van Gogh mi artista ideal, la primera vez que visité un museo por elección y no por obligación académica fue para ver una de sus exposiciones; y tenéis que reconocer que “Chances” es una canción que jamás nos podríamos cansar de escuchar.

A finales de los noventas me aprendí el Barry White Dance, y jamás he dejado de practicarlo.

Lloré, lloro y lloraré mares con ésto.

En mi mp5 hay una desmesurada cantidad de canciones de los 50’s

Muchas veces hago “el águila” en el hospital así como en demasiadas guardias he hecho carreras de sillas de ruedas y de palos de suero (te juro que ya no, porque ya no hago guardias, que si no…).

Me encantaban las series para adolescentes en las que cantaban y bailaban, ya no las veo pero me descubro algún domingo buscando las canciones en youtube y dándolo todo, me hago unos conciertazos en el salón de casa que el Carnegie Hall se me queda pequeño. Ya que estoy confesando te cuento que vi Floricienta, cuando se emitía estaba en la Facultad y el día del final coincidía con los finales de curso, pues bien hice el final en tiempo récord para poder salir pronto y alcanzar a llegar a casa aún así como veía que no llegaba llamé a mi madre que no se había visto un sólo capítulo en su vida, para que la fuera viendo y me la contara por el móvil mientras yo llegaba -el examen lo aprobé, con el capítulo lloré.

Que hablando de canciones, mi lista de placeres culposos es eterna y tiene de todo, me canto la Durcal, verano del 98, y cuanto grupo hortera se hubieran inventado en los noventas y que por cierto les ha dado por volver, ahí están the New kids on the block, Backstreet Boys, ‘N Sync, bien mezcladitos con Hanson, Nino Bravo y un infinito etcétera, para hacértelo corto ésta es la lista de Spotify.

Por alguna razón me parecían culposas las novelas románticas, hubo una época en la que me devoraba las novelitas de la saga de los Highlander -a ver si es por éso que quiero conocer Irlanda- con el tiempo me pasé a las de Marian Keyes y luego simplemente dejé de leer novelas románticas, pero hubo una época en la que me avergonzaba leerlas, como si el amor diera vergüenza, tonta que es una.

Así me podría quedar todo el día contándote todos mis placeres culposos, pero ya te haces una idea de lo que digo, al final los placeres culposos son placeres sin más, ni más pequeños ni más grandes, placeres que etiquetamos en base a lo que otros pensarán de nosotros, placeres que ocultamos y disfrutamos en solitario, en la penumbra, con desgana, sin decidirnos por fin a nombrarlos, sin saber si los compartimos, yo te he contado los míos cuéntame tu los tuyos que igual somos más parecidos de lo que creemos.

Jamás te acostumbras.

Hoy te iba a hablar de otra cosa, te iba a contar una teoría que me he inventado acerca de los lunes, que yo soy muy de inventarme teorías, te iba a contar una chorrada como una casa que en éso también soy muy experta, pero no, hoy te voy a contar una cosa que me pasó ayer y que no he podido sacarme de la cabeza.

Como ya te he contado en algunas ocasiones, trabajo en un hospital desde hace ya la friolera de 18 años, aún recuerdo mi primera guardia en las urgencias de una clínica privada y de un médico en particular que me preguntó en mi primer día si yo ya había puesto sondas y cogido vías y como acto seguido me picoteó para que yo “asumiera” que al paciente le dolía cada intento mío por canalizar una vena. En ésa clínica trabajé dos años, ése médico se convirtió en uno de mis amigos y después, cosas del destino, en mi profesor cuando inicié mi segunda carrera, ¿pero ves como desvarío? yo no te iba a contar lo de 1997, yo te iba a contar lo de ayer, que lo tengo metido en el alma y necesito contártelo para que sepas como me siento después de 18 años de profesión.

Llevo un tiempo trabajando en ése Hospital en concreto, a pesar de llevar tiempo allí, aún conservo la capacidad de perderme por sus pasillos, un don que tengo, es no coger el camino de siempre y encontrarme en salas que nunca había visto, muchísimas veces he optado por volver a salir a la calle para ubicarme porque yo me aprendí un caminito con dos o tres variantes y no hay quien me haga cambiar de ruta, vuelta la burra al trig, a la cebad AL MAÍZ, AL MAÍZ QUE SOY CELIACA.

Trabajo en el turno de mañana, trabajo con adultos, hace cosa de cinco o seis años que no planto un pie en las salas de pediatría, pero a como a mi los niños me gustan (los ajenos sobre todo, que como soy super coherente no quiero hijos propios, aunque me encanta tratar con niños) y como mi hospital es tan enorme que no he logrado conseguir que me asignen una taquilla en adultos,  a pesar de llevar cosa de un año yendo religiosamente dos veces por semana a rogar en personal que me cambien de vestuario (o que me sellen la credencial del peregrino, ya puestos) porque tengo que ir con 20 minutos de antelación para atravesar el hospital hasta mi vestuario, cambiarme y volver a atravesarlo para llegar a mi sitio de trabajo, 20 minutos por la mañana, 20 por la tarde -que bien podrían ser 15 o hasta 10 cada vez, pero yo camino con la premura que el pie me permite-.

Bien, que como puedes ver, lo de divagar se me da fenomenal; así que todos los días salgo de los vestuarios y para llegar a mi chiringo, tengo dos opciones: o bien hago el paseillo por diagnósticos (inmunología, genética, radioterapia, medicina nuclear, unos vestuarios -que están más cerca pero que no me asignan- esterilización, otorrino, trauma, otros vestuarios -que también miro con ansias- endocrino y mi chiringo) o puedo hacer la ruta por pediatría (las consultas de cardio, oftalmo, el pasillo de la uci pediátrica, admisiones, neumo, la cristalera, la rea, alergias, derma y mi chiringo) en distancia es más o menos lo mismo, pero casi la totalidad de las veces me decanto por la ruta que atraviesa pediatría que tiene dibujitos molones en casi todas las paredes.

Ayer escogí como casi siempre la ruta por pediatría, iba pasando por el pasillo de la uci pediátrica -que tiene unas ventanas que aunque no permiten ver hacia dentro, dejan intuir figuras- cuando lo escuché, había un ruido que no encajaba con la hora, con la espera de los últimos minutos que preceden al cambio de guardia, con el sonido ambiente que dan los respiradores, los monitores, las bombas de alimentación, con los ruidos normales de una uci, ahí en el fondo se escuchaba, cuando llevas tanto tiempo trabajando en Sanidad los reconoces, reconoces los sonidos, las urgencias ocultas en timbres de voz que quieren parecer normales, la angustia que se esconde en un “carga” una palabra, cinco sencillas letras que lo cambian todo.

Escuché el “carga” del otro lado del pasillo y me detuve, sabia que no podía hacer nada, pero me detuve, quizás por inercia, porque llevaba un par de años sin escuchar uno, porque quería enviar mis fuerzas desde el otro lado del pasillo, porque quería respirar despacio y con calma por aquellos que sabía que del otro lado tenían el pulso acelerado, porque quería ser sus pulmones, su corazón, su cerebro, por lo que sea no lo sé, pero me detuve, me quedé en silencio luchando una batalla que empecé a batallar en 1997 y que espero batallar toda mi vida, me quedé en silencio y me detuve, poco menos de dos minutos después, ellos también se detuvieron, el ruido cambió y lo supe, nadie decía nada pero yo lo sabía, habíamos perdido, y si, digo habíamos, todos nosotros, porque cada paciente es de todos, porque quieres salvarlos a todos, aunque no los hayas visto, aunque no sepas quienes son o qué patología tienen quieres salvarlos a todos, no diré que haya vidas que valgan más que otras pero ¡joder! sobre todo quieres salvar a todos los niños, aunque como en mi caso yo no quiera fotocopiarme el genoma, si que quiero que las fotocopias de los demás salgan adelante.

Miré mi reloj para darme cuenta que llegaba tarde, muchos 20 minutos de antelación para atravesar el hospital y llegaba tarde, así que terminé de recorrer el pasillo para seguir con la ruta de pediatría, al final del pasillo, a una hora en la que no suele haber apenas movimiento de gente ajena al hospital, estaban la madre, el padre y dos familiares más del niño que habíamos perdido, la madre también lo sabía, nadie le había dicho nada pero ella también lo sabía, mientras me alejaba escuché como se abría la puerta y un compañero salía a dar la noticia. El grito de la madre se me metió en la cabeza y me ha acompañado desde ayer, he hablado con cientos de pacientes entre ayer y hoy, he dado decenas de palabras de ánimo, me he alegrado con la recuperación de muchos, he reñido a alguno que otro, pero el grito de la madre no me lo saco de la cabeza, y es que no te acostumbras, 18 años de profesión y no te acostumbras.

Otro día te cuento lo de mi teoría acerca de los lunes, pero hoy no, hoy todas mis palabras son para ése niño o niña que perdimos ayer, si, el que perdiste tu también, aunque como yo no le hayamos visto jamás, hoy mis palabras están con el adulto que pudo haber sido, con el genoma que se pudo haber fotocopiado, con las risas que no se reirán, con todos los “haz el favor de bajarle a la tele” o los “mientras vivas bajo este techo” hoy mis palabras están contigo… pequeño.

Hoy también es el día de la madre.

 juan carlos boveri

Las celebraciones en solitario son complicadas, cumpleaños, navidades, reyes, hasta las celebraciones de fútbol en solitario son complicadas; podría decirse que no tanto, después de todo vivimos en el mundo de los avances en telecomunicación, o por lo menos es de lo que intenta convencerme Amena cada vez que me llaman para proponerme un plan de llamadas internacionales, o los de la empresa ésa de las tarjetas de llamadas que me acosan todos los días en el Metro.

35 añacos… y nada de juicio añadiría mi madre con una muletilla muy usada en mi tierrita, por supuesto: nada de juicio, si nos comparamos con mi madre, ella a sus 35 añacos ya tenia dos hijos y un marido -que en ocasiones viene siendo tener 3 hijos-, tenia además un marido que viajaba muchísimo así que casi diré que yo soy hija de madre soltera que estuvo casada durante un tiempo, mi madre a su edad tenia el peso del mundo en sus brazos, la responsabilidad de sacar lo mejor de dos personas que dependían absolutamente de ella, así que sacó fuerzas de flaqueza y mira: no le salimos tan mal (bueno, un poco mal de la cabeza si estoy yo, pero son estados en enajenación transitoria) con mi edad a mi madre jamás se le pasaría por la cabeza que 5 años después y cuando los dos primeros estaban medianamente encaminados por la vida, y a mí por lo menos ya me tenia mirando a la Universidad, sacaría la tarjeta de “vuelva a la casilla de maternidad” y ahí está: mi  hermano menor apareció a los 40 de mi madre y bien a gusto que nos quedamos cuando llegó.

Mi madre: la madre coraje por excelencia, jamás ha permitido que me dé por vencida, es mil veces mejor persona que yo, es incapaz de decir que no en situaciones en las que yo cerraría la puerta en la cara al otro, se entrega muchísimo por aquello en lo que cree y cree en muchísimas cosas, así que vive entregada a los demás, es de ésas personas que saca lo mejor de ella cuando ve brillar a los otros, de ésos que están ahí, en la penumbra, porque su luz la da a los demás, mi madre jamas intentó cortarme ningún ala, ya si eso ella se cortaba un trozo de corazón y me lo metía en la maleta por si a mí me hacia falta, cuando le dije que me iba de casa fue ella quien me ayudó con la mudanza, cuando sufría de amor lloraba conmigo, cuando tenia exámenes se quedaba despierta haciéndose la que veía la tele, pero era para asegurarse que no me quedara dormida, o que no pasara la noche en vela sin comer, jamás me dijo no cada vez que decidía pintar las paredes de mi habitación aunque ella hubiese pintado la casa a juego, estudió conmigo cada terminología de la carrera y me dejó empapelar la casa con mis apuntes, casi se hace vegana después de que en mi primer año le contara lo que hacía cada órgano del cuerpo, me apoyó incondicionalmente cuando quise hacer una segunda carrera, no me reñía cuando le decía que cambiaba de opinión, no me odió cuando dejé la Fisioterapia a poco de titularme para empezar Psicología, jamás ha dejado de creer en mí y es por eso que no me derrumbo, ella cree en mí incluso más que yo, me ha dejado siempre la libertad para ser yo misma, pero se asegura de dejarme la puerta abierta por si me da miedo el mundo y decido volver a arroparme en su cama, jamás me ha echado mis fracasos en cara pero es porque: ella no cree que me haya equivocado jamás.

Mi madre me permite ser la persona que quiero ser, me suelta consejos sosegados, los deja caer por ahí, para que yo los coja si me vienen bien, jamás me dice: “te lo dije” y es porque nunca me lo dijo, a ella jamás se le ha pasado por la cabeza que sus hijos no sean más que ganadores, así que asiste por igual a competencias deportivas, a debates, a conciertos de grupos que no soporta, se le encoge el corazón cuando  nosotros, sus hijos, decidimos escalar montañas, atravesar continentes, montar tabla, arriesgar la vida, se le encoge el corazón pero nos deja ser, nos apuntó a cuanto deporte le decíamos que nos interesaba y  nos procuraba los instrumentos musicales que por moda quisiéramos aprender a tocar (ahí continúan las guitarras y los teclados que jamás se usaron y que ella jamás no echó en cara) nos reñía cuando nos desviábamos del camino, pero jamás ha dejado de animarnos a recorrerlo solos, siempre nos ha dejado opciones, y espera silenciosa que no se vayan en saco roto todas sus enseñanzas, no se van ya te lo digo yo.

Con los años entiendes la fuerza de las palabras de una madre, con los años entiendes que no quieren amargarnos la vida cuando nos dicen que nos pongamos un suéter, te das cuenta de todo lo que vale la que te prepara las lentejas y te las mete en un tupper para que no tengas más que calentarlas cuando llegas tarde, o entiendes la importancia de ponerte calcetines limpios, cuanto más maduramos más agradecemos y más nos damos cuenta de todo lo que sacrifican por nosotros, yo no sé si podría hacer algo así por otro, no siento siquiera que tenga un cuarto del valor que tienen las madres, por favor: si me cuesta horrores levantarme a las 5:30 am para ir a trabajar y a mí me pagan por ello, a las madres no les pagan y bien que las tenemos en vela demasiado tiempo.

Nada de héroes los que van a la guerra, héroes ellas, que se quedan en casa después de haber parido a los que se van a la guerra y llevan entonces doble peso encima, héroes ellas, que reparten sabiamente una barra de pan con sentido milimétrico para que no digamos: ” a mi hermano le pusieron más”, héroes ellas que llegan a fin de mes apurando el dinero y nos compran chuches aunque para eso tengan que dejar de comprarse zapatos, héroes ellas que se despiertan al alba, preparan desayunos, despiertan hijos, escuchan historias, nos acompañan y aun así tienen tiempo para maquillarse divinas e irse al otro trabajo, al que les pagan fuera de casa, héroes ellas que nos soportan en la adolescencia y que ven lo que otros no ven en nosotros, héroes ellas que se despiertan las primeras y se acuestan las últimas, que sacrifican su cuerpo, sus curvas, sus pechos, por uno que tarde o temprano se irá de su lado, héroes ellas que tienen la valentía de la que yo carezco, puede que la que trabaje salvando vidas sea yo, pero os aseguro que la que las salva es ella, puede que no conozca a mis amigos, pero sé que le gustarían, ella me enseñó a ver el valor en los demás y es por eso que intento ser la mejor amiga que puedo, mi madre me apoya muchísimo, se ríe de las tonterías que escribo por Facebook, es la primera en leer las entradas al blog, no comenta nunca porque una vez más se hace a un lado para dejarme ser, se escandaliza cuando cuento mis historias amorosas pero no entiende que se las cuento a ella y a otras madres que no tienen a quien leer, se sorprende cuando le cuento mis historias de cama, pero sé que en el fondo se alegra de tener una hija que se las cuente, yo me alegro de tener una madre a quien pueda contarle todo.

Ella me cuida, me cuida desde el otro lado del ordenador, me cuida desde un auricular a miles de kilómetros de distancia, ella me ve crecer por las palabras que lee y me acompaña en las fotos que publico, mi madre vive a mi lado aunque lo haga tan lejos, siempre ha intentado que me crea que soy guapa, nunca me llamó gorda ni me reprochó todas las veces que abandoné una dieta, permitió que en un estado de enajenación transitoria tiñera mi melena negro azabache por un ridículo rubio que se quedó en castaño; mi madre trabaja y es muy buena en lo suyo tanto que hasta hace poco menos de dos años no la dejaron jubilarse y ahí estaba: siendo la madre de otros en el trabajo, ha perdido la capacidad de asombrarse de todas mis locuras, prepara ajiaco y se le atraganta porque sabe que muchas veces yo como sopa de sobre, es la primera en llamarme cada cumpleaños y la última persona que escucho cuando el año termina, mi madre es además buena hija cuida de mi abuela como me gustaría a mí poder cuidar de ella, es buena hermana y está ahí por por los suyos, los suyos que son los míos aunque yo cada vez los siento más lejanos.

El día de la madre no debería ser uno, lo sé pero por alguna razón nos lo creemos, creemos que hay un día bueno, un día concreto para ser buenos hijos, para decirles lo mucho que  las queremos, lo mucho que les agradecemos, así que yo te propongo que dejes ahora mismo de leer este post, y que corras al lado de tu madre, que les des un abrazo fortísimo, y que no las sueltes durante horas, ve ahora y abrázala, hazlo por ellas, por todo lo que nos dan, halzo por todo lo que les agradecemos, pero sobre todo hazlo por mí y por mí madre, porque nosotras no podemos abrazarnos.

——
Éste post es parte de la saga #PostReciclados,
el original se publicó hace dos años en mi otra web,
siguen siendo ciertas cada una de sus palabras.

Problemas “gordos”, Sanidad Desnutrida.

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Soy profesional sanitario, estoy gorda. Cuesta, la verdad que cuesta lo suyo aunar ésos dos conceptos, parece ser que si eres personal Sanitario has de saber de todo, pues bien: yo no sé de todo.

Llevo 16 años dedicados a la Sanidad y aún sigo sin dominar mi propia categoría profesional, como para meterme a aplicar la de otros, irónicamente es lo que espera de nosotros el Ministerio de Sanidad con su política de no contratación de Dietistas-Nutricionistas, espera que todos en materia de nutrición tengamos algo que decir; te dan “consulta nutricional” en enfermería, en talleres de ergonomía, en fisioterapia, en consultas de traumatología, en, como una vez me pasó: la consulta de rehabilitación, había acudido cuando empecé el viacrusis del tobillo (que al final y después de casi tres años va a terminar en cirugía) y  la rehabilitadora me dio una de ésas dietas mil veces fotocopiada para que la siguiera sin más, una dieta tipo, una dieta desordenada, que no solicité y que nunca seguí, era una dieta disociada de ésas que tuvieron su furor a mediados de los noventas, con nombre de médico e infinita publicidad gratuita a base de estrellas de televisión.

En éstos 16 años he visto a compañeros de múltiples especialidades dar a los pacientes consejo nutricional apoyados solamente en las famosas dietas mil veces fotocopiadas, en todo éste tiempo ni como profesional ni muchos menos como paciente me he encontrado con Dietistas en la consulta, planta o servicio especial del hospital y mucho menos en atención primaria, lo sufro desde los dos lados: como profesional al que acuden usuarios en busca de consejo, un consejo que yo no puedo darles con propiedad y como paciente al que también se me niega el derecho básico a una atención especializada para mi dolencia. Si el corazón, los pulmones, el hígado, la piel tienen sus especialistas y no se nos pasaría por la cabeza por ejemplo enviar a un hombre con problemas de rodilla a la consulta del oftalmólogo, si que enviamos -me envían- a obesos, diabéticos, hipertensos y un largo etcétera a consultas de nutrición impartidas por profesionales que NO son los adecuados.

Todos en el mismo saco.

El paciente del que se habla en casi toda la literatura es un hombre blanco, sano, de mediana edad y unos 70 kilos de peso, en base a ése hombre ficticio se han venido elaborando cientos de teorías en todas las especialidades médicas y antropológicas, éstos datos por supuesto se basan en literatura que no suele corresponder con el hombre ficticio español, aún así seguimos las mismas pautas que se nos han marcado, en nutrición no hay mucha diferencia, la cosa es ¿qué pasa cuando no somos el hombre ficticio de la literatura?

Os cuento mi caso: estoy gorda, soy celiaca, hipotiroidea, alérgica al huevo e intolerante a lactosa aún así cada vez que he ido al endocrino, o a la consulta de obesidad ya sea del hospital en el que trabajo, mi centro de salud o mi hospital de referencia, en todas las ocasiones he salido con una dieta “tipo” en la que el desayuno está compuesto por una pieza de fruta, 200ml de leche y 40gr de pan o 6 galletas tipo María, en todas las ocasiones me han dicho “tu cambia lo que creas que no puedes comer”.

A pesar de que en cuestiones de alergias se ha avanzado bastante aún hay mucho desconocimiento del tema por cientos de profesionales, yo personalmente me he encontrado en ésas consultas de obesidad con personas que me dicen: “lo de la intolerancia es una tontería, se es alérgico o no se es, y si no se es: pues se come” y se quedan tan panchos oye, me ha costado Dios y ayuda hacer entender en la cafetería del hospital que existen desayunos sin gluten, huevo, leche o mermelada, por lo pronto, y ésto es algo de lo que me siento muy orgullosa, he logrado que haya pan sin gluten en la cafetería (si, hay que llamar con 20 minutos de antelación para que te lo horneen porque son congelados, pero chico que menos da una piedra) éso para mi es un gran avance del que os hablaré otro día para no desviarme del tema.

¿Y la prevención?

En Sanidad somos muy de atacar el problema y menos de prevenirlo olvidándonos muchas veces que es justo en la prevención en donde más campo de acción y más población podríamos sanar sin esperar a tener que atacar, sobresale de nuevo la importancia de contar con  los profesionales idóneos para desarrollar correctamente ésa tarea. Si por cada euro invertido en asesoramiento nutricional se ahorran 50€ en tratamientos posteriores ¿no merece la pena hacerlo? Cientos de patologías deben ser tratadas desde el ámbito nutricional y aún así se las deja de lado, miles de niños crecen sin apoyo nutricional desde las consultas de pediatría o los comedores escolares, los ejemplos son infinitos, necesitamos especialistas en nutrición dentro del Sistema Nacional de Salud.

La falta de opciones.

En mi caso particular y ante la imposibilidad de encontrar un profesional dentro de la Sanidad Publica que pueda efectivamente y con todas las herramientas necesarias acompañarme en el proceso de pérdida de peso me he inclinado por un nutricionista privado que identifica mis carencias nutricionales y enfoca el proceso multidisciplinar que es la pérdida de peso a mis necesidades individuales, que no me da dietas tipo mil veces fotocopiadas y que adapta mi tratamiento a mi vida; elegir un nutricionista privado para mi nunca ha sido una opción, siempre ha sido una falta de opciones, yo que trabajo y lucho por una Sanidad Publica, pago un nutricionista privado porque siento que tengo las manos atadas y ésa es la razón por la que me he unido a Dietética Sin Patrocinadores y levanto la voz, por la que cedo un espacio en éste sitio y os animo a que vosotros hagáis lo propio, porque la Sanidad Publica debería tener entre sus filas a profesionales de la nutrición, porque estamos hartos de la falta de opciones. porque algo falla en nuestra sanidad y está en nuestras manos poder solucionarlo.

¿Cómo? 

Desde Dietética sin Patrocinadores, se está convocando una manifestación para el próximo 10 de mayo a medio día frente al Ministerio de Sanidad (Paseo del prado, 18)

Podéis leer aquí el manifiesto, el momento de actuar es AHORA.

Lo que he aprendido de las series: Grey’s Anatomy.

El otro día estaba sumida  en un atracón de capítulos de Grey’s Anatomy, he de reconocer que no me había visto ni un capítulo de esta temporada, pero como el clima no invita a salir a la calle: palomitas en mano me decidí a ponerme al día, llevaba ya no sé cuántos capítulos seguidos cuando me detuve en uno que me llamó bastante la atención, a grandes rasgos os contaré que el capítulo se centra en una cirugía neurológica que realizará Amelia Shepherd a uno de los compañeros médicos del hospital (un recurrente que apareció en la décima temporada) pues bien, antes de empezar a lavarse y con los nervios a flor de piel Amelia le pide a una de sus residentes que pongan “pose de superheroínas” durante cinco minutos puesto que ha habido estudios que demuestran que mantener a diario éste tipo de posturas eleva la testosterona y por ende nuestra confianza, a mi me pareció curioso y me lo apunté para buscarlo después mientras lloraba a moco tendido como en casi la totalidad de los capitulos de Grey’s, ¡Ay! pero que ganas tiene la Shonda Rhimes de aderezarnos casi todos los capítulos con lágrimas.

La postura es la siguiente:

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Terminado el capítulo, como aún me retumbaba en la mente la idea de la postura de superheroína y a sabiendas de que todo el asunto del lenguaje corporal me apasiona bastante me di a la tarea de buscar el estudio acerca del cual hablaba Amelia, son dos y os los dejo aquí y aquí.

En el lenguaje animal ya se hablaba de las posturas de poder, no hace falta más que ir a un zoo (o a un bar) para ver que el lenguaje corporal habla por nosotros, cuando queremos destacar buscamos inconscientemente hacernos más grandes, más visibles, ocupar más espacio: cuando nos sentimos intimidados o hemos cometido algún error nos empequeñecemos, nos cerramos, buscamos hacernos invisibles; cuando nos enfadamos con nuestro interlocutor tendemos a cruzar los brazos, piernas o manos impidiendo que sus argumentos “nos lleguen”; muchos niños cuando lloran se abrazan a si mismos en busca de consuelo, los ejemplos son infinitos.

He de reconocer que soy una “probadora profesional” así que he decidido hacer un mini-experimento: desde el 1 de abril y durante 66 días dedicaré cinco minutos al día a la postura de superheroína, para el 5 de junio ya lo habré instaurado como hábito y os podré contar si he tenido avances reseñables, tengo una analítica de hace cosa de un mes y en el verano me corresponde otra, así que podremos ver si hay cambios a nivel hormonal, pero a la par de éso prometo hacer un diario en el que relataré si hay cambios en las decisiones que suelo tomar -la teoría dice que la postura ayuda a tener confianza y éso cambia drásticamente nuestra manera de tomar decisiones-, que a día de hoy mi postura de superheroína se parece más a las de p8ladas que a las de Amelia.

P8ladas heroe

Por lo pronto os dejo con la charla TED de Amy Cuddy que no tiene desperdicio, si alguno se anima a hacer conmigo el experimento de la postura del superhéroe podemos compartir experiencias. ¡Empezamos el 1 de abril!